Una voz para el país escondido


La Bruja Salguero, cantante riojana clave en la actual música de raíz folclórica, presentará este viernes (Día de la Pachamama) el espectáculo y proyecto Madre Tierra junto al cantautor jujeño Bruno Arias. Además de referirse a ese promisorio encuentro, en esta profusa charla repasa por primera vez las canciones y los anhelos que llevó a su inminente séptimo disco, grabado bajo la producción de “Popi" Spatocco.

      Ella no corre. Camina con espontánea calma riojana por las calles del barrio porteño de Belgrano, mirando el fragor que la rodea. Entre bocinazos, smog, y rostros de deseos contenidos, se abre paso María de los Ángeles Salguero, más conocida como "La Bruja". Su rostro no pierde la sonrisa; sus ojos oscuros, están detrás de unos anteojos color rosa de marco felino; su voz, envuelta en una bufanda de trama colorida para campear los últimos giros de una gripe. Rumbo a nuevos escenarios avanza La Bruja: la dueña de esa voz brotada en La Rioja y afincada junto a su compañero y sus cuatro hijos en Buenos Aires, desde donde atrapa a públicos cada vez más amplios de todo el país. Por su relectura inimitable de las músicas de raíz proyectadas a nuevos terrenos y brillos –en seis discos ya– o por su despliegue en vivo, cuando canta descalza en conexión con la Pachamama, esa otra voz en ella.
      “Para mí un café, gracias”, pide La Bruja con suavidad y cadencia esdrújula. Así va entrando en calor la voz, riojana y universal. La tierra es la primera motivación para poder verla, gracias a la felicidad que le genera el espectáculo Madre Tierra, que compartirá con Bruno Arias este viernes 1-8 (Día de la Pachamama) a las 21 en el porteño ND Teatro de Paraguay 918. Un proyecto que nació del cruce de dos colores de voz –la soltura de la riojana, el imán en la del jujeño– y de dos visiones combinadas sobre los desafíos para la música popular del siglo XXI. Junto al tecladista y arreglador Popi Spatocco y al charanguista Rolando Goldman, harán un repertorio conjunto (de chayas, vidalas, zambas, huaynos, entre diversos ritmos) compartiendo sus sentires de añoranza y sus conexiones con los universos del carnaval: los misterios y preguntas que renueva el pago, incluso estando lejos de él.
      “La idea de hacer algo con Bruno –conecta La Bruja– comenzó charlando en Cosquín y luego, en marzo, se acentuó en Tucumán durante el encuentro de músicos Generación XXI. Compartimos pensamientos sobre la cultura, lo social y el arte, y vimos que tenemos mucho en común por nuestros orígenes. Ahí nos dijimos que sería bueno compartir un encuentro musical”. Por esos días, le escuchó a Bruno cantar Florcitay, “una canción sencillísima, con música de él y poesía de Rubén Cruz. Habla de una persona muy humilde que tiene que ir a trabajar; que deja a su mujer, y que lo único que pide es que su hijito cuando crezca pueda ser un gran sikuri (tocador de sikus). Ahí te das cuenta de la concepción de vida en algunas comunidades del Noroeste: la vida pasa más por el deseo de que el hijo sea feliz tocando, buscando su esencia. Entonces me decidí a grabarlo”.
      A la par de las canciones que tramó con Bruno Arias para la noche de la tierra, La Bruja prepara nuevos caminos (y preguntas) para su voz solista. En junio grabó –en dos días– su séptimo disco, en el que da un nuevo paso en su visión de músicas de pleno goce, de La Rioja y de diversas regiones, ahora con producción y arreglos de "Popi" Spatocco y un entramado capital de colegas: Jorge Giuliano y Sebastián Henríquez (guitarras), “Colo” Belmonte (batería), Lucas Homer (bajo), Julieta Lizzoli (piano) y Pablo Farhat (viola y violín). Además de los invitados: Jorge Cumbo (quena), Facundo Guevara (percusión) y Oscar Miranda (charango).
      “Todavía no lo cerré del todo, pero me gustaría el nombre de 'País escondido' para el disco, porque habla acerca de ello en diversos aspectos”, dice La Bruja, envuelta en el humo del café, mientras mira el suelo del bar de Belgrano, intuyendo, quizá, lo que hay debajo. “El primer deseo de este nuevo disco fue hablar y cantar en forma no tan paisajística: no sólo hablar acerca de geografías o de flores sino elegir poesías más ‘decidoras’. Sentí la necesidad de buscar temas profundos que hablen de cosas que están pasando. Despertar conciencias”.
      Tramó, entonces, un mapa de catorce canciones entre la tradición y el futuro: entre autores referenciales del género y varios de los emergentes que van generando otras poéticas –de hondo nivel– arraigadas a este tiempo. “Otro disparador del disco fue este: en los actos escolares, allá en La Rioja, es común que se ponga un gato o una chacarera, pero acá en Buenos Aires un día vi que en la escuela de uno de mis hijos la maestra les hacía bailar a los niños un gato con pañuelo. Un error muy básico. No me cerraba que alguien, en Argentina y sobre todo siendo docente, hiciera bailar a un niño un gato con pañuelo. Fue un choque ver ese desconocimiento”.
      También divisa otros hechos que la motivaron: “Desde 2012 he compartido con el dúo Tonolec un espectáculo, y me maravilló la búsqueda que hacen con la música originaria del Chaco. De repente, una de mis nenas se puso a cantar en lengua qom con música electrónica. Por la edad que tiene, se enganchaba con lo rítmico y con esa cosa mántrica que tienen sus canciones”. Pero cuando llevó el disco de Tonolec a la escuela, alguno de sus compañeros señaló: “Esta música es de los indios”. Al saberlo, La Bruja se quedó pasmada. “Evidentemente, mucha gente que vive en Buenos Aires sigue mirando bastante para afuera. En cambio, en las provincias pervive todo lo aborigen y esa herencia no puede ser negada. Eso se ve hasta en nuestra piel. Se lo ve en La Rioja, cuando vivenciamos fiestas tradicionales como la Chaya. No nos da vergüenza la identidad indígena. En cambio en Buenos Aires, no sé desde qué momento, todo lo que llega de afuera comenzó a ser visto como superior”. 

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