Como flores silvestres

Delicada y a la vez potente, la de Mery Murúa es una de las voces más interesantes de las surgidas en los últimos años en función de la música de raíz folclórica. En esta entrevista, la cantora cordobesa recorre ideas, latires y melodías de Acacia, un disco que grabó al aire, rodeada de la flora y fauna de un bosque, en apenas 24 horas.

      “Si mirás por la ventana de la cocina ves el cerro Pan de Azúcar; desde el come- dor, el vallecito; si bajás unos metros está el bosque; si querés mate con yuyito vas y cortás una ramita. En vez de perros, hay zorros. Se respira bonito aquí. Como en el disco”, suspira Mery Murúa, la cantora cordobesa de voz refinada, aire pleno y mucho tranco en varios proyectos de música de raíz folklórica. Ella, que nació en Cruz del Eje, está en Unquillo, disfru- tando de un ambiente que añorará unos días para presentar, mañana, las bonitas respiraciones de Acacia, su segundo disco solista. Lo editó a fines de 2013 y lo interpretará desde las 21 en Café Vinilo (Gorriti 3780, CABA), junto a dos invitados en conexión estética –e ideológica–: La Bruja Salguero y Rubén “Mono” Izarrualde. No vendrá sola desde Córdoba, sino con el Horacio Burgos Trío (él en guitarra, Fernando Bobarini en bajo, y Diego Clark en percusión y coros). Con ellos grabó el disco en vivo, en un solo día, en un bosque de acacias de las Sierras Chicas de Córdoba. Allí, su voz íntima y también de pleno vigor, conecta con melodías en diversas rítmicas (de raíz folklórica y tango) acompasadas al río, al sonido de grillos, loros, pájaros, algún que otro zorro, el viento entre las ramas... Y ese pulso de estar, nomás, con las respiraciones de Mery Murúa, quien pronto reeditará en vivo aquel viaje: el de su entrega con la canción popular.
      “Aún estamos transitando la concreción de Acacia –cuenta la cantora–. Las instancias de presentarlo en diferentes lugares son parte de él tanto como la grabación, y con Horacio Burgos, aparte de ser compañeros en la música desde hace años, somos amigos y compartimos casi a diario la magia de encontrarnos a través de las canciones”. Lo recuerda bien: la adrenalina que surgió en aquella jornada de grabación era apaciguada por la calidez del bosque. “Siempre hablamos con Horacio sobre ese día: fue un antes y un después. Pasaron cosas muy fortalecedoras desde lo musical y desde lo espiritual”.
      Para Acacia eligieron un repertorio de dinámicas variadas, pero reunidas por un mismo toque y tono del trío en conjunción con la voz de Murúa. Vale citarlas: la zamba Tu ausencia, de Gustavo Cisneros; El arriero, de Yupanqui, que embebe de negritud y cajón peruanos; La seca, de la joven riojana Ana Robles; Milonga para el domingo, de Héctor Negro y Osvaldo Avena; la imbatible cueca Remolinos, de Manuel Tajón; Las golondrinas, de Falú y Dávalos; , de Contursi y Dames; el vals Flor de lino, de Homero Expósito y Héctor Stamponi, y la Zamba del duraznillo, de Hamlet Lima Quintana y Oscar Alem. ¿Qué decir frente al abordaje inesperado de Flor de lino? ¿Cómo captar ese instante en que voz, ensamble y poética conectan para lograr otra identidad? “Con Horacio Burgos respiramos juntos, acompasados. A veces, de una misma canción hacemos versiones amables, delicadas y sutiles, tanto como enérgicas, rudas o vivaces”, define Murúa. Claro que rumbo a esos paisajes existió un norte definido: “Yo quería hacer un repertorio basado exclusivamente en autores argentinos de distintas épocas y géneros. Luego surgió la idea de grabarlo en vivo en un bosque”.
      Otro motor que cimbreó alrededor de Acacia fue una gira-documental a lo largo de la ruta que acompaña la cordillera de los Andes, de nombre La 40, y que ella encaró hace más de tres años junto al cantautor misionero Joselo Schuap y al Grupo H20, esa troupe de artistas a bordo de un viejo colectivo al que suben con Schuap en defensa de los acuíferos y de los pueblos originarios amenazados por mega-emprendimientos extractivos. “La 40 fue la razón del repertorio –conecta Murúa–. Yo descubrí en ese viaje el maravilloso país que habitamos. Sentí cierta pena de nosotros mirando hacia afuera: ese éxtasis por lo extranjero que nos ha caracterizado durante décadas. Y también sentí que debía cantar música argentina. Por otro lado, eso exaltó mi lado mas telúrico y ese amor por la aridez que estaba medio dormido desde que me mudé a Córdoba capital”, rememora, ahora en Unquillo, y acaso de próximo regreso a la capital mediterránea. ¿Volverá a conectar con esas respiraciones? ¿Qué grillos o pájaros oirá en lejanía? Quizá por esas inquietudes, haya buscado algo nítido para Acacia. “Al grabarlo en vivo y en ese bosque sentí una gran responsabilidad. Si quería que el disco sonara distendido y casi susurrado, potente pero no exagerado, había que trabajarlo mucho”. Ese esfuerzo lo hace algo vivo, presente. “Acacia me nutre todos los días. Además de presentarlo con esmero, reivindico mi elección de que el bosque que cobija mis días también forme parte de mi obra. Es una forma de devolverle a ese paisaje, que tanto me sostiene y energiza, alguito de lo que me da”.
      Tras una pausa, Mery cuenta que en aquella gira con Schuap, cuando llegaron a Tilcara (Jujuy), tras cotejar vivencias con madres campesinas en un entierro de carnaval, se animó a legar sensaciones en palabras al verlas en trance; al oírlas contándole sus historias de pelea por la tierra. Mery Murúa volvió de ese día con una obra propia que también es parte de Acacia: Vidala en nombre del hijo. “Yo no me considero compositora, pero hay un área de sensibilidad que tenemos los intérpretes que tiene que ver con decir lo que se piensa, lo que se siente, lo que emana en algún momento de necesidad expresiva. Y en mi caso, aprendí a tener un cuaderno y una lapicera a mano. Yo sólo escribí con música las palabras que las madres campesinas me transmitieron esa noche de fervor pa’l entierro del carnaval. El ponerle la voz fue natural, quizá por haber tenido una madre y una abuela campesinas”.
      Ella también estuvo allí. Antes de su convicción fundante por el canto, o a la par, Mery se desempeñó como maestra rural y por eso ve un puente común: el de la voz campo adentro. “Vengo de una familia muy humilde de los llanos riojanos. Si bien nací en Cruz del Eje, mis sentires más hondos están ligados a ese campo árido. Como no podía ser de otra forma, fui a dar al campo para enseñar música y durante casi 15 años viajé a Serrezuela y Paso Viejo (departamento de Cruz del Eje, Córdoba). Eso me marcó, me vinculó con la organización campesina, con la sencillez, con sus luchas. Allá fui inmensamente feliz. Y, cuando uno es feliz, canta”.
      Respecto de Córdoba capital, ciudad que frecuenta para cantar en público, opina: "Hoy están pasando cosas muy lindas allá. Los músicos salimos a la calle, a ganar los bares, las salas, los teatros. Salimos a hacer la producción, a gestar y gestionar nuestras carreras. Hay tanta gente talentosa, brillante y brillando, que la alternativa es trabajar mucho para sostenerse y seguir generando trabajo. Hay una gran camaradería entre nosotros. Nos acompañamos, nos invitamos, nos ayudamos, eso es maravilloso".

Patricio Féminis

En la imagen, Mery Murúa. Foto gentileza de Sandra Albertocco.

Publicado el 16-6-2014.

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