Ingenio uruguayo a cuatro manos


Los talentos al piano de Hugo Fattoruso y Leo Maslíah, dos polifacéticos artistas, se encontraron anteayer por primera vez en el Teatro SHA de Buenos Aires. Con ustedes, una crónica de los originales resultados.

      Juntar a dos artistas como Hugo Fattoruso y Leo Maslíah es algo a la vez natural y extraño. Y parece confirmar esto último el hecho de que es la primera vez que tocan juntos.
      Es natural porque ambos son extraordinarios pianistas y compositores uruguayos, más exactamente montevideanos, con una formación musical de muy alto nivel. Pero también es extraño porque son artistas de características bastante disímiles. Fattoruso pertenece a esa tradición pop, que comenzó con Los Shakers, la versión Beatles tan original con composiciones propias que formó junto a su inseparable y recordado hermano Osvaldo, volviéndose luego hacia la mixtura del jazz con otros ritmos en Opa, un originalísimo grupo que incorporó el candombe al mundo de la fusión y trabajando mucho en Brasil con artistas de la talla de Milton Nascimento, Djavan y Chico Buarque como instrumentista arreglador y compositor. Por su parte, Maslíah, artista que desafía cualquier catalogación, pertenece más a la tradición de la música clásica, por lo menos en origen, porque a partir de allí sale en cualquier dirección estilística, siempre como de visita, como si fuera un observador imparcial y hasta escéptico. Mientras Hugo puede ser etiquetado como músico de jazz, Leo escapa a todo, no es un músico clásico, no es un rocker (eso está muy claro), ni un folklorista, ni un cultor del candombe.
      La cita de la reunión fue anteayer en el auditorio SHA, en un concierto que dieron en llamar Montevideo ambiguo, nombre que calza muy bien, porque siempre está esa identidad uruguaya, o al menos montevideana, que en Buenos Aires creemos comprender de sobra debido a las similitudes fluviales, y que a la vez nos sobrepasa con esa naturaleza fragmentaria y ambigua, siempre sorprendente, de artistas como Daniel Viglietti, Jaime Roos o estos dos extraordinarios músicos que son Fattoruso y Maslíah.
      La noche comenzó con Maslíah en el piano de cola y Fattoruso en el eléctrico con sonido de piano acústico, en dos composiciones de Hugo, Corcheas blancas y Milonga de Nagoya, la primera con profusión de ritmos irregulares y la segunda, como su nombre lo sugiere, en ritmo de milonga, pero ambas con las complejas armonías que reinan en sus composiciones, llenas de modulaciones y cadencias que resuelven en acordes inesperados. Ambos mostraron ahí que dominan el piano con una destreza y expresión fuera de lo común.
      Con Hugo tomando el acordeón y Leo aún en el piano, entraron en ese universo inexplicable de Maslíah con Uno coma cinco, una versión del tango Uno en la que las frases se alargan produciendo digresiones momentáneas y logrando hacer reír al público a carcajadas con música instrumental.
      Leo encaró luego un tramo solo, en el que desplegó todo su arsenal de recur- sos, tras lo cual uno se pregunta cómo es posible que ese hombre, con aspecto de empleado público de los años ’50, con voz que apenas alcanza las notas en forma un poco dubitativa, no sólo tenga la audacia de plantarse frente a un teatro lleno de gente sino que logre que esa gente ría sin parar con sus letras, o se maraville con especulaciones musicales inesperadas. Es que lo que se destaca en el universo Maslíah es su vocación de antihéroe. Teniendo un dominio del piano y de la música en general admirables, no le importa lucirlo. Está más interesado en mostrar impa- siblemente el costado absurdo de las cosas, llevando las situaciones a ciertos niveles de abstracción, tanto en lo textual de sus canciones como en especulacio- nes de índole puramente musical. Y así nos empuja a un estado de perplejidad que nos hace reír y amarlo, mientras pensamos que el señor que lo mira desconcertado, unas butacas más allá, lo está odiando y esperando que vuelva Fattoruso.
      Maslíah interpretó entonces Respuestas a un joven poeta, probablemente de algún editor a un poeta no muy bueno, la Zamba del desfasado, con frases como "todo lo que digo ayer, ya mañana lo decía" y la música instrumental para piano Película ciega (aclarando que intentaba "ser más que una película muda" y de la cual luego explicaría algo), una interpretación posiblemente improvisada en gran parte, de unos doce minutos, que pasa por todos los lugares comunes de las viejas bandas de sonido del cine mudo, con momentos de gran complejidad armónica y exigencia pianística, todo tocado con el frío profesionalismo del que acompaña imágenes, en este caso inexistentes. Cuando la extensión de la interpretación llegaba a los límites de la incomodidad, terminó y cumplió parcialmente con su promesa, ya que explicó graciosamente algunos tramos ejemplificando en el piano algunos pasajes que se aproximaban a lo que había tocado.
      Cerró su actuación solista con una versión rearmonizada de la Pequeña música nocturna, de Mozart, con complejos acordes impresionistas, tarareando inexpresivamente la melodía y arrancando la ovación del público.
      A continuación se sumó Fattoruso para acompañarlo en Argumentos tendientes a una fundamentación de por qué te amo, una bossa chueca en la que intenta explicar su amor, sin éxito y con gran comicidad.
      Luego le tocó el turno a Hugo, quien interpretó dos temas al piano, Meu mundo caiu, de Maysa Matarazzo y su propio Mi prima Mabel, en los que mostró todo su dominio del instrumento y su manejo de las armonías con momentos de improvisación, e incluso alguna melodía tarareada. Fattoruso parece estar en un momento en el que prefiere sugerir que indicar taxativamente. Los ritmos siempre se quiebran y las cadencias nunca se resuelven como se insinúan. Su objetivo no es seducir al público. En rigor de verdad, nunca lo fue; pero en esta época su madurez y toda una carrera les imponen todavía más exigencia a los oyentes.
      Más tarde se le sumó la percusionista Albana Barroca para Afro Express y cerró su parte solista con una versión impecablemente personal de Tierra virgen, milonga de Toto Méndez y Carlos Morales.
      En la parte final del concierto se unieron los dos para cerrar con La papa, de Hugo y Osvaldo Fattoruso, donde los dos sostuvieron imposibles cataratas de corcheas durante todo el tema.
      Para los bises, regalaron dos hermosas canciones: la extrañamente conmovedora Biromes y servilletas, de Maslíah, y Mi canción, de Fattoruso, confirmando esa extraña belleza de la música uruguaya, que nos toca desde la abstracción y lo inesperado.

Willie Campins

En la imagen, Maslíah y Fattoruso. Foto gentileza de Binomio Perfecto.

Publicado el 5-5-2014.

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