A todo color


El universo poético y personal de Ramón Ayala es retratado con una abigarrada sucesión de imágenes en el documental de Marcos López que lleva el nombre del veterano cantautor misionero y que puede verse en el Malba hasta fines de junio.

      Ramón Cidade (alias Ramón Ayala) no es un artista más. Desde hace décadas, brilla con luz propia por lo cinematográfico de sus versos, retratos poéticos del paisaje de Misiones que él mismo supo musicalizar con formas a la vez accesibles y originales. Desde su insólita guitarra de diez cuerdas, sostiene con hermosas filigranas las imágenes verbales. Como tantos otros folcloristas que llegaron a decir lo suyo durante la década del ’60, incluyó al hombre común y la realidad social en ese paisaje a retratar. Pariente directo del cantautor, convive un Ramón Ayala poeta, que se explaya radiante en las frecuentes glosas de sus actuaciones musicales, pero que tiene un expediente documental aparte en una decena de libros de poesía y relatos relacionados con la región guaranítica y su historia. Simultáneamente, vecino de ellos hay un Ramón Ayala pintor que lleva lo colorido de las letras a una dimensión concreta, la de un artista plástico que desde 1967 expone sus cuadros naturalistas en los más diversos puntos del planeta.
      Si a eso le sumamos una personalidad carismática, capaz de cautivar con un discurso profundo, pausado y ocurrente cada vez que la música calla, el hechizo es casi inevitable. Similar al que él mismo evoca cada vez que recita: “¿Qué tienes mi tierra roja / que a todas partes te llevo? / que por más que ande caminos / me sigues con tus misterios./ ¿Qué tienes, mi tierra roja? / con tus noches embrujadas / tus mujeres, tus gurises, Cerro Azul y Candelaria / y el grito de los hacheros / brotando por las picadas. / ¿Qué tienes mi tierra roja / que me vas doliendo el alma?"
      Artista y personaje irrumpen nítidos y conmovedores en Ramón Ayala, la película de Marcos López que podrá verse los próximos seis viernes a las 20 en el Malba (Av. Figueroa Alcorta 3415) con entrada a $35. El documental, que ya había merecido el premio del público como mejor film argentino en el BAFICI 2013, logra explicar de una manera informal, amena y dinámica por qué "El Mensú" (tal como se lo apoda por simbiosis con su obra más conocida) es un referente. Su verbo exuberante, la rara belleza de sus canciones, el barroco paisaje que le dio inspiración, el gualambao (el ritmo de 12/8 que creó como reflejo de una identidad musical misionera que consideraba no debidamente representada), la guitarra de diez cuerdas que eligió parea ampliar su rango expresivo, su menos conocida faceta como artista plástico y su particular idiosincrasia, todo aparece desarrollado sobre la pantalla grande en apenas 63 minutos.
      Lejos de toda solemnidad, la información se va hilando gradual y fragmentaria- mente a través de los testimonios del propio artista, su esposa, amigos, dos admiradores de diferente extracción social y colegas de renombre (como Juan Falú, Liliana Herrero, Tata Cedrón y "Charo" Bogarín). Así, entre todos, arman una especie de relato coral que, tal como se estila hoy en día, omite toda voz en off o pretensión de objetividad. En todo caso, para enriquecer la visión del espectador la cámara de López prefiere seguir al personaje en diferentes circunstancias: en una clase de canto (que humildemente toma a los 80 y tantos), contestando una entrevista desde Cosquín, en un escenario compartido con el dúo Tonolec, homenajeado por su gente en el Anfiteatro Manuel Antonio Ramírez de Posadas durante el Festival Nacional de la Música del Litoral o como azorado testigo de una pintoresca demostración de música y baile típicos paraguayos en una plaza.
       Muchos de los contrastes que López encuentra en el camino, aunque aparen- temente ajenos al objetivo central, fueron incorporados a la lograda edición de Andrea Kleinman como una manera de reflejar el sincretismo propio de la cultura popular. Lo kitsch, lo espontáneo y lo místico (de lo que Ayala es, en definitiva, un difusor) es enfocado con una mirada tierna. El sentido del humor, otro rasgo inherente a la naturaleza del cantautor, asoma en varios pasajes. Así ocurre cuando Ramón pregunta por sus propios CDs en La Placita, el mercado de Posadas en el que se vende (casi) de todo. Otras veces, prima el romanticisimo, como cuando su esposa evoca en un muelle el momento en que se conocieron, hace 29 años.
       Con todo, una de las mayores virtudes de Ramón Ayala es la cautivante fotografía, a cargo del propio director. López, no casualmente fotógrafo y artista plástico, logró atrapar con lente sensible los gestos de sus entrevistados y los diversos entornos naturales en los que fueron filmados.
      Como inmejorable banda de sonido, se escuchan fragmentos de todas esas canciones insoslayables que uno siempre quiere volver a escuchar. Ora entonadas a capella por los entrevistados, ora en boca del propio Ayala, la emoción llega inevitable con El cosechero, Mi pequeño amor, Canto al río Uruguay, Posadeña linda o El cachapecero, cuya explicación es coronada con la óptima versión de Mercedes Sosa. El tramo dedicado a El Mensú incluye imágenes de Prisioneros de la tierra, película Mario Sóffici que en 1939 denunciaba la salvaje explotación de los mensúes en las plantaciones de yerba mate.
      Aquel es el único material ajeno. Si bien la autosuficiencia que López consiguió a través de las imágenes recolectadas en Buenos Aires y diferentes puntos de Misiones es claramente un mérito, para el documental hubiesen sido enriquecedoras algunas imágenes de archivo (sean fotos o filmaciones) para ilustrar algo de la dilatada trayectoria artística de Ramón Ayala.
      Pero tal vez ese recurso no era pertinente para el objetivo central del director, quien tras el estreno del viernes pasado expresó: “Esta película es la excusa para hermanar mundos aparentemente distantes, como el de un vendedor ambulante y el de un exitoso publicista, unidos por la afición a las canciones de Ramón. Creo que es un collage emocional, un gesto curativo. No tiene pretensiones de estilo, es como el gaucho manosanta que cura y ya”. El homenajeado, en tanto, opinó: “Esta película tiene una lágrima adentro. Provoca tantas emociones...” Una vez más certero con las palabras, don Ramón había revelado uno de los grandes logros de la película que lleva su nombre, el de recordarnos cuánta belleza nos rodea a diario.

Carlos Bevilacqua

En la imagen, Ramón Ayala caminando por las proximidades de la casa de Horacio Quiroga, en Misiones. Foto tomada del Facebook de la película.

Publicado el 22-5-2014.

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