Todos los fuegos, el fuego


Música, danza, pintura, escultura, clown y algo de literatura en un festival diferente, de esos que tienen su propio clima. Mucho para conocer, disfrutar y emocionarse dejó anoche el 9º Encuentro Nacional de la Nueva Expresión.

      Todo ocurre en el Espacio Cultural Julián Centeya, ubicado en el barrio porteño de San Cristóbal. Una vez al año, los distintos sectores que lo componen se pueblan de diversas manifestaciones artísticas durante cuatro horas. El público, que accede de manera gratuita, puede permanecer sentado en el auditorio, atento a lo que brinda el escenario principal, o recorrer alguna de las muestras que tientan desde los ambientes contiguos. Así como ir y venir de un espacio a otro cuantas veces lo desee. De esa variedad, de esa frescura y de esa inquietud está hecho el Encuentro Nacional de la Nueva Expresión (ENNE), que anoche tuvo su novena edición.
      En esa atmósfera, ya típica del ENNE, fue que una pequeña multitud vibró con el talento del dúo Chechelos, volcado a hermosas interpretaciones del repertorio folclórico argentino. En una de las actuaciones más destacadas de la noche, ambos chelistas –además cantantes– entregaron peculiares versiones de El gatito de Tchaicovsky, Cosechero y Pachamama (el carnavalito de Ramiro González y "Pachi" Herrera), junto a una canción propia que no tuvo mucho que envidiarle a las demás: Venteros de luz. Así, intercalando algún paso de comedia a través de breves disquisiciones pseudo-musicológicas, Mauro Sarachian y Ramiro Zárate Gigli demostraron por qué fueron elegidos este año como revelación en el Festival de Cosquín.
      Antes, durante y después, a pocos metros se pudo crear vasijas de cerámica siguiendo los consejos de una experta, recorrer una ingeniosa exposición de esculturas armadas con residuos de hierro (a cargo de FierroKinesis), contemplar los cuadros de Paula Waimberg, Verónica Franco y Gonzalo Fernández, o armar figuras de origami a partir de los dobleces de un mismo papel, alternativa preferida por muchos de los chicos.
      En otro tramo de la noche, el salón mayor convocó a buena parte de la concurrencia pero de una manera activa, gracias a la mini-clase de chacarera que dieron los bailarines Ramón Salina y Julieta Brenna. Ellos mismos deleitaron después bailando La tempranera, esa sugerente zamba de Carlos Guastavino y León Benarós, interpretada por Chechelos. No fue el único tramo en que muchos dejaron los asientos. Alejandra Fernández logró armar círculos de canto a través de su taller Voz con vos. Y, ya sobre el final, el grupo de percusión Luynva sacudió los cuerpos de un considerable porcentaje de los presentes.
      Los niños fueron quienes más disfrutaron con la irreverencia clownesca de Tomate, quien también supo arrancar sonrisas y carcajadas en los adultos, particularmente al usar un globo inflado en su cabeza. Pero también tuvieron a su disposición un taller de poesía en el primer piso (aunque con poca difusión y un acceso poco amigable), así como el desempeño en vivo de una impresora 3D, autora de llaveros plásticos en un stand de IMPA Cultura e Inkoloro.
      En cuanto a música en vivo, también mostraron lo suyo la agrupación Polandria y la cantautora Laura Ros. Todos los sonidos que llegaron desde el escenario fueron comentados gráficamente por el VJ Nicolás Manjón, quien en tiempo real fue creando imágenes alusivas, visibles en una mega-pantalla ubicada detrás de los artistas.
      Si bien algo de los recitales se filtra a los demás ambientes, los murmullos de esos espacios menores no afectan lo que ocurre en el neurálgico, gracias a unas mega-cortinas aislantes que, oportunamente, despliegan los organizadores.
      La conducción estuvo a cargo del actor Francisco Pesqueira, quien acompañado de unas peculiares azafatas fue anunciando las diferentes actividades y sorteando atractivos regalos entre los presentes (todos tenían un número entregado a la entrada). Así, hubo quien ligó un CD, un libro, un cuadro, una remera ¡y hasta una melódica!
      Muchos de esos obsequios fueron donados por los expositores que, alineados junto a una pared del salón principal, componían una pequeña feria de productos y servicios artísticos: la Asociación Argentina de Luthiers, Julio Azahar Giménez, la imprenta cooperativa El Zócalo, Melografías, las tiendas online Entremúsicas y Proyecto Broli, y el estudio de arte digital ELF.
      A esta altura, es probable que el lector se pregunte: ¿quiénes logran semejante confluencia de artistas y emprendimientos? Los responsables más directos son los guitarristas y docentes Juan Pablo Esmok Lew y Federico D'Atellis, además integrantes del dúo Color a Nuevo, quienes con un entusiasmo contagioso generan y coordinan toda la movida del ENNE. Verdad es, también, que con apoyo del Gobierno de la Ciudad (que aporta el lugar y financiamiento a través del programa Mecenazgo Cultural). Junto a otros sponsors logran plasmar el espíritu de encuentro e intercambio que se proponen en torno a "una nueva generación de artistas que vienen trabajando incansablemente en la difusión de sus trabajos", según describen a los convocados en el texto promocional.
      Además del valor de la iniciativa y la colaboración entre pares, el ENNE nos recuerda cuántos lenguajes puede asumir el arte. Sea sonoro, visual, más ecléctico, basado en lo meramente corporal, sumando el verbo o restringido a la manipulación de materiales plásticos, la pasión creativa es una sola. Y parientes las emociones genera. Por más que nuestras sensibilidades, formaciones o prejuicios nos inclinen hacia alguno en particular.

Carlos Bevilacqua

En las imágenes, el dúo Chechelos, el payaso Tomate y el stand de Entremúsicas, todos durante el encuentro de ayer. Fotos de Cristina Lippi.

Publicado el 29-10-2017.

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