Libertadores del tango


Durante el feriado en que homenajeamos a don José de San Martín, el Festival de Tango de Buenos Aires entregó tres maneras bien diferentes de ampliar las posibilidades de nuestra música. Fue en La Usina del Arte y estuvimos ahí para transmitir nuestras impresiones.

      Tal como su nombre lo sugiere, la Sala de Cámara de la La Usina del Arte es un lugar ideal para disfrutar de formaciones chicas en un clima relativamente íntimo. Por eso, resultó oportuna para el breve pero contundente concierto que brindó, a media tarde, el trío Lavallén-Estigarribia-Cabarcos, un ensamble de bandoneón, piano y contrabajo inusual para estos tiempos signados por las orquestas típicas. Inusual además por el abordaje preciosista, y meramente instrumental, de algunos clásicos del repertorio tanguero.
      Desde un comienzo, con un tratamiento muy particular que recibió El Choclo (acaso el primer gran clásico que registra el tango a manos del inefable Ángel Villoldo) se vislumbró el camino de arreglos elaborados y originales que emprenderían los tres, por lo general con el fueye del veterano Víctor Lavallén como pivot. Un sendero que se confirmaría luego, ya con espacios para solos a la manera del jazz, a través de piezas ajenas, como Milonga triste (Piana-Manzi) y de dos temas de Ástor Piazzolla (el emblemático Adiós nonino y el menos transitado Tres minutos con la realidad), o bien a través de creaciones del propio Lavallén, como Amanecer ciudadano y De tal palo. En este último, segundo bis del show, hasta el contrabajista Horacio Cabarcos pudo pasar al frente con el sonido de su mastodonte, por lo general relegado a un rol secundario.
      Además de recordarnos el potencial de una música popular en plan camarístico, este trío es un buen símbolo de la comunión entre generaciones distantes que caracterizó a las últimas décadas del tango. Porque logró asociar el talento interpretativo del septuagenario pero vital Lavallén (ex-bandoneonista de Osvaldo Pugliese durante una década, entre otros méritos), de Cabarcos (algo menor, pero también un experimentado contrabajista que tocó con muchos de los más grandes directores del orquesta) y de Pablo Estigarribia (un joven pianista que recién asoma, pero lleno de auspiciosas condiciones).

Canciones como de molde

      Con la caída del sol, el auditorio principal de La Usina se llenó de público y de canciones gracias al adelanto de Un disparo en la noche II, el proyecto de la Orquesta Típica Julián Peralta que promete plasmar en un disco nuevas composiciones cantables, tal como lo hizo –con el mismo título– en 2012. Con el respaldo de cuatro bandoneones, un piano (el de Peralta), contrabajo y una numerosa sección de cuerdas, cuatro cantantes se fueron turnando para dar a conocer esas creaciones.
      Descontada la valoración positiva que merece semejante iniciativa (en principio poco rentable), la impresión general fue la de letras demasiado parecidas entre sí, con la angustia, la desolación y el pesimismo como lugares comunes. Algo acentuado por las instrumentaciones de Peralta que, si bien confirmaron la claridad de un estilo potente, tendieron a homogeneizar las diferentes canciones. De las ocho expuestas, sólo escaparon a ese tono urgente, nervioso, de acentos puglieseanos exacerbados, la primera intervención del cantautor Juan Serén (acompañado sólo por las cuerdas del grupo) y la milonga Cinco nombres (de Mariano González Calo) en voz de Alejandro Guyot. En cuanto a las letras en sí, otra honrosa excepción fue la pieza final, de versos más diáfanos que el promedio y con un anclaje mucho mayor en los códigos del género.
      Más allá del material expuesto, fue de lamentar la falta de información sobre los autores de cada obra en un show destinado básicamente a dar a conocer a los creadores emergentes. Salvo Hernán “Cucuza” Castiello (que mencionó a Acho Estol y al “Tape” Rubín como los autores de lo que había cantado) nadie –ni Peralta ni los cantantes– dijeron a quién correspondía cada tango o milonga. Datos que tampoco figuraban en el programa de mano.
      Por lo demás, cabe destacar la solvencia y la coordinación de los 12 músicos de la orquesta, así como la capacidad interpretativa (no exenta de diversidad estilística) de los vocalistas, entre quienes estuvieron Victoria Di Raimondo, Natalí Di Vincenzo y “Black” Rodríguez Méndez, además de los ya mentados.

Dinámica de lo impensado 

      El final de la jornada nos encontró de nuevo en la intimista Sala de Cámara del gigantesco edificio de La Boca. Esta vez para descubrir a una agrupación sugerente ya desde su nombre: Tatadiós. Una guitarra (la del dúctil instrumentista Alan Plachta), un bandoneón (el de Martín Sued, a su vez compositor y director del grupo), un contrabajo (el de Juan Bayón) y una batería ampliada con accesorios de percusión (en manos de Nicolás Gaggero) conforman la fórmula tímbrica de un proyecto con mucho de experimental. Para empezar, música original, propia (a excepción de un tema de Luis Alberto Spinetta), muy diferente a lo conocido, con algo de minimalista y mucho de lúdico y desarrollos de notable libertad discursiva, que si por momentos suenan algo jazzeros, en otros evocan el sonido de la naturaleza virgen (por ese y otros rasgos evocan las travesuras del Quinteto Puente Celeste), en otros "dan" más música incidental y al rato hasta industrial, de tan disonante.
      Pero el oyente conservador difícilmente llegue a fastidiarse; en el repertorio (plasmado ya en el CD Panal) las armonías y las secuencias de estética clásica son casi constantes, más allá de su originalidad, particularmente cuando Sued teje unas variaciones ligeras desde el bandoneón, pero también cada vez que Plachta se suma cómplice a las frases del percusionista. Claro que conviene estar con la mente abierta a imprevistos por demás azarosos, como la intervención de radios portátiles (cuatro, una para cada músico), cuyos aportes dependerán de qué estén transmitiendo las emisoras sintonizadas en ese momento; o las lecturas simultáneas en voz alta de los libros que los cuatro elijan para “intervenir” otro tema. Es más: no siempre queda claro cuándo finalizó el tema en cuestión, por lo que el público a veces cae en un aplauso final, cuando ese final todavía no llegó. Todo un síntoma.
      Tanto en lo estrictamente musical como en lo sonoro más "performático", Tatadiós nos invita al vértigo de no saber qué viene. Una sensación bienvenida entre tanto anunciado centro a la olla. En todo caso, cabe preguntarse cuánto de tango hay en la propuesta, presentada en el festival más importante del género en su ciudad de origen. Pero ese sería más bien un planteo de anacrónico purismo. ¿Dónde empiezan y terminan los géneros? ¿Quién y cómo lo determinaría? ¿Existe tal pureza?

Carlos Bevilacqua

En la imagen, Tatadiós en La Usina del Arte. Foto tomada del facebook del cuarteto.

Publicado el 19-8-2015.

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