Del asfalto al escenario


Ritual, espectáculo dirigido por Luciana Vainer, retrata la murga porteña con una ingeniosa puesta basada en el baile callejero que cada febrero sacude las calles de Buenos Aires. Hasta fin de mes estará en el Club de Trapecistas.

      Algo ancestral, primario, urgente, late en el carnaval. Tal vez por eso, pocas tradiciones tienen tanta historia como la fiesta de Momo, con semejante clima de celebración, de comunión y de suspensión de las jerarquías. Un rito pagano que adoptó diferentes modalidades a lo largo y ancho del planeta, desde las más famosas y grandilocuentes hasta las más familiares y puras en tantos parajes remotos de nuestra América Latina. Sabido es que en el área metropolitana de Buenos Aires el carnaval adquirió una forma de expresión particular: la murga, hoy ejercida y reivindicada por decenas de agrupaciones, amén de cierto apoyo estatal, incluyendo la recuperación de los feriados de carnaval, en 2011.
      ¿Pero de dónde viene esa costumbre de bombo, colores y danza catártica que para algunos porteños no es más que una molesta interrupción del tránsito? ¿Cómo tomó los rasgos por los que hoy distinguimos a una murga porteña de una montevideana? ¿Qué peripecias vivió esa disciplina menospreciada por la alta cultura a lo largo del siglo XX y de lo que va del XXI? El espectáculo escénico Ritual, estrenado a principios de julio en El Club de Trapecistas, responde a esos interrogantes con elocuentes cuadros de música y baile a cargo de la agrupación murguera La Carnavalera.
      En un ameno recorrido que no excede la hora de duración, un grupo de siete bailarines y tres músicos se valen exclusivamente de sus lenguajes para representar diferentes aspectos de los orígenes, las influencias y la actualidad de la murga porteña. Nada hay de texto explícito. Todo se resuelve a través de la música en vivo y, sobre todo, del baile, que responde a los parámetros estéticos de lo que cada febrero vemos en las calles de Buenos Aires, más allá de la adaptación a tiempos y convenciones indispensables para todo espectáculo teatral. En ese sentido, el aporte de Ritual (lo mismo que los anteriores trabajos de La Carnavalera) es doblemente valioso. Por un lado, porque mantiene la esencia de un baile netamente popular, practicado de manera no profesional por mero placer en espacios públicos; por otro, porque jerarquiza esas prácticas llevándolas a un escenario con todos los cuidados y el profesionalismo necesarios. La música también circula por un carril de cierta pureza: un bombo con platillo, otro clásico, un redoblante, algo de percusión adicional y un acordeón son administrados con espacio para las sutilezas, más allá del sabor netamente murguero que predomina en la banda sonora de las acciones.
      Otro recurso fundamental del espectáculo reside en las proyecciones lumínicas ideadas por Florencia Faivre y concretadas por Federico Joselevich Puiggrós. Unos pequeños círculos de colores, que pueden ser vistos como papel picado, lentejuelas o aquellas lamparitas de colores típicas del carnaval de antaño, van cubriendo con diferentes formas y sentidos tanto el piso como el fondo del escenario, a medida que transcurren las acciones. Círculos que, más grandes y en determinadas ubicaciones, también sirven para representar la percusión afro que anima toda performance murguera.
      Asimismo, lo poco de estrictamente actoral que requiere el guión es cumplido con solvencia por los bailarines, principales protagonistas de la puesta.
      Así es como se suceden instancias diversas: el desfile, los aportes africanos, los europeos, la milonga (en tanto espacio de encuentro social y ritmo pariente de la murga, vinculado a la vez a la negritud y al tango), el bombo (instrumento esencial de la murga, incluida su connotación política), la irrupción del rock and roll en los años ’60, la prohibición de la fiesta carnavalera durante la última dictadura militar, los barrios como espacio de pertenencia que determina agrupaciones pero también estilos de baile, y hasta la participación de las mujeres o el intercambio de información que caracterizan a las últimas décadas de corsos porteños.
      Los movimientos expansivos de la murga porteña, esta vez con variados sentidos dramáticos, se materializan en los cuerpos de Alejandro Cuellar, Matías Agüero, Paola Posadas, Salomé Torrente, Sebastián Traverso, Soledad Ledesma y Sonia Delicia Fernández. Ellos siguen una música básicamente percusiva, creada por los miembros de Bombo al plato (Agustín Lumerman, Ariel Poggi, Martín Beckerman), además intérpretes junto a Leandro Bedaumine (acordeón). Las coreografías fueron diseñadas por los mismos bailarines en asociación con la directora de la obra, Luciana Vainer, también ella murguera de ley, además de docente, productora, directora teatral e investigadora de la murga porteña.
      Más allá de los méritos artísticos de este trabajo, emociona pensar en la vigencia de una expresión tan inclusiva de la cultura popular, resistente al paso del tiempo, los golpes militares y los medios masivos de comunicación, mucho más proclives a lo banal o lo foráneo que a lo identitario.
      Ritual podrá disfrutarse los sábados 18 y 25 de julio en Ferrari 252 (CABA) con entradas a $90 y el miércoles 29 de julio, a las 17, en el Teatro Margarita Xirgu (Chacabuco 875, CABA) con entradas entre 100 y 120 pesos.

Carlos Bevilacqua

Foto de Maru Alemán.

Publicado el 14-7-2015.

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