Folclore de película


El amplio espectro de los ritmos típicos del interior fue retratado por el veterano cineasta español Carlos Saura en Zonda: folclore argentino, un film de resultados fascinantes. A su exquisita lente le bastó el registro de las actuaciones por separado de tres decenas de heterogéneos artistas en un mismo set como materia prima fundamental.

      El estreno de Zonda: folclore argentino no tuvo la repercusión mediática ni de taquilla que merece. No es común que se pueda ver una película musical y menos sobre la música de raíz; es más: son escasísimas las que registra toda la filmografía nacional con esa temática (acaso las únicas que podrían competir en cuanto a vastedad son las que produjo Julio Márbiz en los años ‘70). Simultáneamente, la calidad de lo conseguido por el prestigioso director español Carlos Saura es innegable, más allá de los reproches que se le pueden hacer desde varios ángulos.
      A través de secuencias producidas ad hoc en un galpón de La Boca, Saura se propone dar cuenta del universo de músicas folclóricas que distinguen a nuestro país. Así, los 87 minutos del film se reducen casi exclusivamente a una sucesión de interpretaciones de cantantes, músicos y bailarines de ritmos como el bailecito, el carnavalito, la baguala, la vidala, la zamba, la chacarera (por lejos el ritmo estrella del film), el gato (en un segmento pretendidamente humorístico), el chamamé, la tonada, la cueca, el malambo y la milonga. Todo ocurre a puertas cerradas y sin público, lo cual le permitió al director controlar más fácilmente el audio y, sobre todo, armar hermosas puestas lumínicas minimalistas con los colores como aliados fundamentales. En muchos casos, las figuras de los artistas se reproducen en dos planos gracias a pantallas gigantes o espejos. Con esa política, logró escenas de una belleza fascinante, en las que la potencia de la música no supera por mucho a todo lo que transmiten las imágenes. Y, más allá de alguna omisión que podría haber sido evitada sin repetir tanto algunas especies, el mapa de la música autóctona queda cubierto (al menos en lo grosero) con el abanico que se despliega. En todo caso, podría objetarse que el chamamé haya merecido un segmento tan breve y focalizado en una representación coreográfica demasiado estilizada.
      Los artistas que se lucen con sus artes cubren un espectro también muy amplio, con exponentes tradicionalistas y renovadores, consagrados y emergentes, jóvenes y mayores, creadores y meros intérpretes. La pantalla grande termina consagrando así las voces de Soledad, El Chaqueño Palavecino, Los Nocheros, Los Tekis, Peteco Carabajal, Verónica Condomí, Tomás Lipán, "Polo" Román, Pedro Aznar, Liliana Herrero, Jairo, Mariana Carrizo, Melania Pérez, Wálter Soria, Marian Farías Gómez, Marilina Mozzoni y “Gabo” Ferro. Del mismo modo, se puede apreciar la pericia instrumental de Horacio Lavandera, Lito Vitale, Luciana Jury, Luis Salinas, Jaime Torres, Carlos "Negro" Aguirre, Juan Falú, “Vitillo” Ábalos, “Lucho” González, Marcelo Torres, Metabombo y la Orquesta de Música Popular Los Amigos del Chango, entre otros. Tanto en la elección de esos nombres como en los arreglos de cada tramo musical fue determinante el criterio del dúctil tecladista Lito Vitale, erigido por Saura como director musical del film. El propio Vitale protagoniza uno de los tramos más sugerentes cuando toca la chacarera La telesita en un piano de cola, primero golpeando las cuerdas con palillos de batería y luego desde las teclas, pero con las cuerdas "intervenidas" por sonajeros de pezuñas.
      Desde ya que la selección de tales protagonistas es campo fértil para la polémica, sobre todo desde el cómodo lugar del observador ante el hecho consumado (por un hacedor, que como tal siempre se arriesga). Y, como pasa con la formación de la selección nacional de fútbol, si abriéramos a todos la posibilidad de armar el elenco, lejos de un mismo listado obtendríamos casi tantos elencos como aficionados al folclore hay en todo el país.
      Varios de los cuadros musicales incluyen danza gracias a los gráciles cuerpos de jóvenes intérpretes liderados por los hermanos "Koki" y "Pajarín" Saavedra, talentosos y estudiosos bailarines (hijos del mítico bailarín Carlos Saavedra), quienes asumieron además los roles de coreógrafos y directores coreográficos. Entre todos, potencian las formas de las danzas autóctonas en resultados que, si bien aportan hermosos hallazgos, no parecen los apropiados para un inventario documental de bailes folclóricos.
      Los únicos dos tramos con música no grabada especialmente para la ocasión son sendos homenajes a dos figuras consulares de nuestra música autóctona: Mercedes Sosa y Atahualpa Yupanqui. Tal vez por el contraste con el resto del film, pero seguro por los conceptos que guían a esos segmentos, están entre lo mejor de Zonda. Particularmente el primero, en el que la figura de la Negra manda desde una pantalla gigante de video cantando Todo cambia ante un grupo de alumnos primarios que van acompañando el ritmo de diferentes maneras. El segundo, de recursos mucho más modestos, es sin embargo una elocuente condensación del carácter testimonial (y contestatario) de Don Ata, quien desde una grabación de Preguntitas sobre dios da cuenta de su agnosticismo, con un zoom que va del detalle al todo de una foto retrato como poético marco visual.
      La única referencia escrita que se sobreimprime a las imágenes durante las actuaciones es la del género musical. Tanto los nombres de los temas como los intérpretes son consignados recién al final (como en cualquier otro film) en una rápida sucesión que impide leer todos los créditos. Detalle tardío, ineficaz (en tanto cuesta relacionar todos los cuadros con sus hacedores tantos minutos después) y hasta podría decirse injusto para con los proveedores de la materia prima indispensable de toda la película.
      Los sobreimpresos, por acción u omisión, son un flanco débil de la película, que se inicia justificando su título en una explicación parcialmente inexacta, ya que habla de un viento fuerte, seco y caliente que azota la región noroeste de la Argentina, cuando en realidad afecta mucho más a Mendoza y San Juan.
      Ya octogenario, Saura suma así una nueva pieza a su colección de películas sobre géneros musicales, que ya constaba de Sevillanas (1991), Flamenco (1995), Tango (1998), Fados (2007) y Flamenco, flamenco (2010). Que dos veces se haya interesado por nuestra música típica es un honor y una alegría por lo que deja de valioso material.
      Lamentablemente, a sólo una semana de su estreno, Zonda: folclore argentino sólo puede verse en dos salas: el espacio INCAA KM 0 (Av. Rivadavia 1635) con entradas a sólo $8 y en el Arte Cinema (Salta 1620), ambos de la CABA. ¿Cómo es posible que ninguna otra sala del país, ni siquiera alguna de las muchas dependientes del INCAA, mantenga en pantalla esta película? Sería bueno que tengamos en cuenta datos como este cuando nos preguntamos con cierta intriga por qué la música nativa no es más popular. 

Carlos Bevilacqua

Publicado el 7-6-2015.

En la imagen, una escena de la película. Foto de Félix Monti.

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