Cuando las músicas típicas ganan vuelo


La jornada inaugural del Festival Mestiza Música fue una de las más ricas en talento y expresividad gracias a la confluencia del armoniquista rosarino Franco Luciani con el guitarrista andaluz “Tomatito” sobre el escenario del Teatro Coliseo.

      El Festival Mestiza Música es una excelente idea para un sector de público que, felizmente, no puede encasillarse. Y que, dicho sea de paso, tiene mucho que ver con Melografías. Hablamos de un público ávido de música creativa sin importar demasiado la latitud de donde provenga, o por caso, el estilo al que pertenezca, dando la bienvenida a expresiones que no están enroladas necesariamente en una tradición y que pueden tomar influencias de distintas fuentes. Por supuesto, estos públicos no abundan, pero son muy entusiastas, de modo que, en épocas electorales, hacemos votos para que sigan apoyando estos emprendimientos.
      Tuvimos el privilegio de asistir a la primera función de este festival, en el Teatro Coliseo de Buenos Aires, el miércoles último, que abrió el armoniquista argentino Franco Luciani y cerró el guitarrista español José Fernández Torres, alias Tomatito.
      Luciani es un virtuoso de la armónica cromática, que se mueve con muchísima soltura en el terreno del folclore y del tango, aunque le sobra paño para meterse en muchos terrenos, como bien se vio al cierre de la función. En esta ocasión, se presentó con un ajustado grupo integrado por Ariel Argañaraz y Martín González en guitarras, Daniel Godfrid en piano, Facundo Peralta en bajo y Facundo Guevara, esa noche en reemplazo de su habitual percusionista, Horacio Cacoliris. Con esa formación, Luciani propuso un recorrido por distintos ritmos del territorio nacional, donde el protagonismo solista se centró principalmente en él y en segundo lugar en el bajista, Peralta, y arrancó con dos piezas folclóricas, La pobrecita, de Yupanqui, y su chacarera La sensiblera, demostrando en ambas que recorre con seguridad y una destreza descomunal todos los registros de su instrumento. Encaró luego la vertiente tanguera con Melodía en la menor de Piazzolla, una composición originalmente para bandoneón y cuerdas, siguiendo con La plumita, cueca clásica de Arsenio Aguirre, pasando a su composición Oro americano, una especie de taquirari con armonías que vuelan por varios rincones. Volvió al tango por el camino de Aníbal Troilo, con Garúa y Toda mi vida pasando después por Balada del alba, de Chico Novarro, cantando con esmero en estas dos últimas.
      Llegando al final de su parte, levantó la temperatura con la milonga urbana, casi candombe, de su autoría A vos te encanta y Violentango de Piazzolla. Seguramente, no hay quien se le acerque a Luciani con la armónica, y no es sólo porque no haya muchos en su instrumento. Su estilo hace recordar a Hugo Díaz, referente obligado si se habla de folclore y tango, pero en el aspecto de la destreza tampoco le va atrás. Y con su juventud, está claro que seguirá creciendo.
      Para la segunda parte se subió al escenario ese diablo del flamenco que es Tomatito, continuador de la tradición de Camarón de la Isla y Paco de Lucía, tanto que fue quien reemplazó a este último en el acompañamiento al primero cuando Paco se largó en su carrera solista. Y como Camarón y Paco, es parte responsable de esa renovación del flamenco que incorporó elementos de otras músicas, como el rock y el jazz.
      Tomatito se presentó con una banda familiar: su hijo, José Israel Fernández y su sobrino, El Cristi, en otras dos guitarras; su hija, Mari Ángeles Fernández, más su yerno, Kiki Cortiñas, en voces; El Piraña en percusión y el bailaor David Paniagua. Desde el comienzo se vio que el guitarrista está en una etapa de regreso a las fuentes, con un enfoque bastante tradicional, por lo menos en cuanto a la instrumentación. Arrancó con toda la sangre en esas secuencias flamencas donde los ritmos adquieren una complejidad que nos hace preguntar dónde está el tiempo fuerte y que son en realidad secuencias de compases irregulares recurrentes, como los ragas hindúes, y confirmamos internamente la teoría que conecta ambos estilos.
      Es redundante destacar el toque de Tomatito, en el que se conjuga la técnica con la expresión y lo rústico con lo refinado en un ritmo frenético y siempre lleno de vida. Enorme la libertad y la soltura del ensamble que nos llevó por bulerías, rumbas y boleros, con un descanso para el Tema de Amor de la película Two Much (1995), del pianista Michel Camilo, con el que Tomatito compartió dos discos. El Piraña hizo delirar a la gente con sus repiques en el cajón, las voces del matrimonio Cortiñas volaron con seguridad y esa emotividad que rasga el corazón y David Paniagua se levantó dos veces de la silla en la que estaba sentado haciendo palmas para hacer unos zapateos endiablados en exactas semifusas imposibles.
      Para el final, Tomatito llamó a Luciani, que se sumó en una versión de Spain, el tema de Chick Corea, en el que Franco se sumó en esos obligados tan característicos y precisos del tema, así como con inspiradas improvisaciones. Como frutillita sobre la torta y sin previo aviso, se apareció el Chango Spasiuk e hicieron juntos una intensa versión de Libertango para cerrar más en paz, con una repetición improvisada del tema de amor de Two Much.
      El programa confirmó que no hay horizontes para la música cuando se dejan de lado los egos y las etiquetas. Y esperamos que haya más ediciones del Festival Mestiza Música para borrar esos horizontes.

Willie Campins

En la imagen, Luciani y Tomatito durante la noche del 22-4. Foto de Pablo Astudillo.

Publicado el 27-4-2015.

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