¿Qué hay de nuevo, viejo?

La sexta edición del Encuentro Nacional de la Nueva Expresión fue una grata y enriquecedora experiencia tanto para los artistas convocados como para el público. Diversas disciplinas confluyeron en el porteño Espacio Cultural Julián Centeya.

      Por sus características, es un evento único. No es común que un festival reúna a decenas de expresiones artísticas de diferentes disciplinas, y menos en apenas cuatro horas. Como es de suponer, cada actuación es breve, lo cual si bien puede dejar con ganas de más tiene para el espectador la ventaja de poder conocer (o redescubrir) a muchos artistas en una misma noche. Si a eso le sumamos el carácter de alguna u otra forma novedoso de esas performances, tenemos un buen panorama del perfil del Encuentro Nacional de la Nueva Expresión (ENNE), que una vez al año organizan los guitarristas Juan Pablo Esmok Lew y Federico D’Atellis, integrantes del dúo Color a Nuevo. Claro que el clima relajado, familiar, por momentos hilarante del encuentro, así como su carácter gratuito, también forman parte esencial de su naturaleza.
      La edición 2014 del ENNE, celebrada ayer en el Espacio Cultural Julián Centeya de la CABA, dejó mucho material interesante. En cuanto a lo estrictamente musical, tuvo al menos dos tramos de alto vuelo. El primero, a través del Alejandro Manzoni Trío, una agrupación que cultiva una especie de foclore jazzeado, en tanto apela a timbres y recursos típicos de la llamada música sincopada para abordar ritmos autóctonos. El pianista que da nombre al trío, el baterista Leonardo Savelón y el bajista Guido Martínez interactuaron de lo lindo al interpretar un repertorio que fue de un gato de Adolfo Ábalos hasta el Blues pampa, que busca ensamblar las atmósferas de Nueva York y General Pico, según explicó el propio Manzoni, autor de la pieza.
      También potenció la expresividad del folclore la propuesta de Franco Luciani al frente de su grupo, integrado por Martín González en guitarra, Facundo Peralta en bajo y Horacio Cacoliris en percusión. El talentoso armoniquista rosarino lideró un entramado sonoro que conmovió con un par de clásicos (como la zamba 7 de abril) y composiciones de su autoría, como Oro americano (de reminiscencias bolivianas) y La sensiblera (una chacarera co-escrita junto al poeta Alejandro Szwarcman, esta vez meramente instrumental). En cambio, Luciani sorprendió cantando en un par de tramos del mini-concierto. Su exquisita musicalidad de se despidió esta vez con una dinámica versión de la milonga La Puñalada.
      La actividad en el escenario principal había arrancado con la pianista y cantautora Ayelén Secches, personal creadora e intérprete de canciones ora en francés, ora en castellano, que consiguieron una favorable repercusión entre el público. Si bien en un comienzo se explayó sola con su piano y su voz, pronto lo hizo en compañía de un bajo eléctrico y una batería, sumando contundencia sonora a su peculiar discurso musical, hecho de rítmicas cambiantes y una voz de asombrosa ductilidad.
      Allí mismo, el cierre llegó con dos platos fuertes. Primero, la percusión africana de Inshala en un breve set que fue algo así como un aperitivo de la fiesta bailable que desataría, sólo un par de minutos después, la Babel Orkesta. Como de costumbre, el inclasificable grupo de guitarra, banjo, acordeón, percusión y voces, apeló a lo exacerbado, tanto en lo musical como en lo performativo, al entregar versiones estentóreas de melodías de variada extracción, en una puesta en la que lo teatral y lo pretendidamente humorístico son fundamentales. La respuesta del público que había permanecido hasta el filo de la medianoche (ya no tanto como al comienzo) fue clara muestra del éxito de la agitadora propuesta.
      En el escenario menor, sobre la entrada de avenida San Juan, también habían atraído con lo suyo el grupo Arpegios de la tierra (que además de Esmok Lew y D’Atellis integran el bombisto Javier Pérez y los bailarines Ramón Salina y Julieta Brenna), un taller de canto titulado Voz en vos (a cargo de Alejandra Fernández) y otro sobre la cultura haitiana y la percusión vudú, dirigido por Martín Broussalis.
      En materia de danza, fue muy sugerente el llamado Loop flamenco aéreo, que en torno a una estructura cónica de caños hilvanaron Guadalupe Mauriño e Inés López, con una guitarra en vivo como banda de sonido. Un gigantesco vestido de bailaora, aparentemente habitado por una sola persona, dejó lugar a las poéticas acciones que sin contacto con el piso fueron desarrollando las intérpretes. Arte del movimiento al fin, el llamado swing (en tanto disciplina circense) también tuvo un segmento de magnetismo en manos de Guadalupe Mauriño y Ana Paula Esmok Lew, munidas de barras fosforescentes para dibujar formas en la oscuridad.
      El otro rubro de fuerte presencia en esta edición del ENNE fue el de las artes plásticas. En la antesala del Centeya confluyeron las diversas técnicas de Marino Santa María, Mauricio Pavón, Jorgelina Molina Planas, Lupita Verde, Marcela Caratazzolo, Sebastián Pulenta, Eva Mastroguilio y Mariana Gabor, quien fue “comentando” en vivo las performances musicales con ilustraciones que podían verse en una enorme pantalla ubicada al fondo del escenario.
      De los demás números, cabe destacar las sombras chinescas de Mariano Mistik, cuyas habilidades manuales fascinan a grandes y chicos, al desplegarse en coordinación con un vasto repertorio de músicas y sonidos de la vida cotidiana. En un plano más teatral, también consiguieron buena repercusión el humor de Philipe Von Rueda y el stand up de Diego Recalde.
      Todo fue presentado con ingenio por el actor, músico y escritor Luis Longhi, secundado en algunos tramos por un las clowns de Viajeras Crónicas en simpáticos contrapuntos.
      Uno de los pocos planos a cuestionar fue el del sonido, sobre todo cuando primaban las reverberaciones de los graves, con el atenuante de la compleja acústica que el Centeya de por sí impone con sus altísimos techos. 


Carlos Bevilacqua

Publicado el 5-10-2014.

En la imagen, un pasaje de Loop aéreo flamenco.

LA DEL ESTRIBO

De nuestra serie “Temas calientes”: ¿en la balada jazzera I’m misbehaving la protagonista va a menos? ¿Estamos ante un caso de incentivación o soborno?