El bosque encantado (2)


       El domingo fue un día todavía más caluroso que el anterior en la capital bonaerense. Para colmo, el primer show estaba programado un poco más temprano: a las 14:30. A esa hora, la cordobesa Vivi Pozzebón tuvo que esforzarse mucho para conseguir que el escaso público bailara con más de 32° en torno al "Fogón". Ella misma estaba al rayo del sol, acompañada por dos instrumentistas de su banda. Aun así, no sólo armó una pista de baile frente al escenario, sino que logró transmitir el encanto de sus fusiones entre diferentes ritmos folclóricos latinoamericanos, siempre con fuerte presencia de la percusión. Hasta fue didáctica al referirse a los orígenes del cuarteto y homenajear a su pionera Leonor Marzano, más conocida como "La Leo".
      Un rato más tarde, dos chaqueños (experimentados en las lides del calor) supieron regular allí energías sin resignar encantos. Seba Ibarra como defensor de sus propias canciones, esos "pseudo chamamés", como él mismo los llama; y Lucas Monzón, como acordeonista de bucólicas ocurrencias, también para su propio repertorio.
      Entre lo sutil y lo lánguido, una franco-brasileña mostró más tarde sus múltiples influencias sobre el mismo escenario. Nacida en San Pablo pero radicada en Francia, Dom La Nena fue pasando del chelo al cavaquinho en una sucesión de originales melodías.
Con todo, el tramo más intenso de la jornada en ese foro fue la actuación conjunta de dos referentes de la música argentina de raíz: Juan Falú y Liliana Herrero. Una devota multitud siguió con atención la extensa performance, que tuvo lugar no sólo para la quebradiza voz de la cantante entrerriana sino también para el lucimiento solista del guitarrista tucumano, el canto esporádico de él en tramos como el de Luna tucumana, la emoción de ella al celebrar el interés de tanta gente por la música folclórica, su explicación sobre la letra de Oración del remanso y hasta una crítica al Festival de Cosquín, donde este año fueron echados del escenario antes de haber terminado el repertorio pautado.
      Con altibajos, el escenario Alternativo fue el domingo fiel reflejo de la heterogeneidad del festival. A primera hora, albergó la música infantil de Koufequin, cuya sencillez bien puede ser vista como una virtud, habida cuenta de la frescura que transmiten sus letras, montadas sobre un sonido con mucho de rock. Más tarde, las guarachas eléctricas de Los Arcanos del Desierto, una decena y media de músicos que se presentan con turbantes a la manera de los habitantes del Sahara. En penúltimo término, la banda mineira Graveola, que aggiorna ritmos típicos del Brasil desde una formación también algo rockera.
      Recién con las primeras sombras de la noche, ese claro del bosque se encendió con la pulsión bailable. Fue a través de la combustión chamamecera del Los Chaque Che, que si bien pueden caer en la demagogia de la arenga, el pedido de sapukays o el repertorio de clásicos como Kilómetro 11 o El toro, tienen una eficacia digna de elogio. El bosque parecía selva subtropical, por el entusiasmo de los platenses, que se entregaron al tradicionalismo del grupo.
      Santiago del Estero volvió a dominar la actividad del escenario principal en la última jornada de este Festival del Bosque. Agrupación paradigmática de aquella provincia, Los Carabajal desataron una fiesta popular que difícilmente se repita con tal energía en otro punto del país que no sea La Banda. Es que los liderados por Musha suenan tan bien, tanto en lo vocal como en lo instrumental, que provocan una emoción unánime. El repertorio, que esta vez incluyó breves homenajes a Atahualpa Yupanqui y Horacio Guarany, muestra similar equilibrio entre calidad instrumental, profundidad poética y carácter bailable. Algo así como música popular con mayúsculas.
      Ya con menos potencia vocal, pero una estética afín, el dúo Coplanacu tomó luego la posta del escenario para reavivar el fuego bailable de la gente con chacareras, gatos y zambas de esas que sabemos todos. Durante los estribillos, las luces seguidoras que partían del escenario recorrían las ramas de los añosos árboles con frenesí, generando un hermoso contraste con la oscuridad de la noche. La energía estaba bien arriba y no decaería hasta el final del encuentro.
      Porque más allá de su naturaleza previsible, a la maquinaria del Chaqueño Palavecino hay que reconocerle lo aceitado de su propuesta bailable, no por nada tan popular en todo el país desde hace ya varias décadas. Al frente de un numeroso conjunto, el músico salteño esta vez cantó un repertorio que incluyó un módico homenaje a la figura de Atahualpa Yupanqui.
      El viernes, primera fecha del festival, habían actuado Morbo y Mambo, Santadiabla, Fauna, Tomás Lipán y Rubén Patagonia, Gepe (Chile), Belo (Haití), Sonido Gallo Negro (México), Orkesta Popular San Bomba, Adrián y Los Dados Negros, Cartageneros y Onda Vaga.

Carlos Bevilacqua

Recuadro
Instantáneas entre los árboles

Buena onda. El público del ahora Festival del Bosque parece confirmar la tradición universitaria y latinoamericanista de La Plata. Casi todos jóvenes, alimentan con camaradería, mates y rondas de chacareras una energía de relajada comunión con la música y la Pachamama.
Pregones. Los vendedores ambulantes que acompañan al público entre un escenario y otro constituyen por sí mismos un atractivo. Van tentando con panes rellenos y bizcochuelos caseros, cuando no con bebidas varias acondicionados que llevan en carritos, canastas y conservadores portátiles y que mucho dicen de lo eventual de los emprendimientos.
Sabores al aire libre. Quien quiera sucumbir al aroma del choripán tendrá muchas oportunidades en el ex-FIFBA, porque abundan los puestos en derredor, así como los de parrilla en general y hasta comidas típicas de otros lares, como las arepas, tan populares en Colombia y Venezuela.
Los tres juntitos. A diferencia de las primeras ediciones, esta no contó con el hermoso ámbito del anfiteatro municipal. A cambio, no hubo shows simultáneos, todos los escenarios quedaron más cerca entre sí y la puntualidad fue más factible.
Concierto para guitarra, clarinete y aves. Durante el recital de Lucy Patané y Marina Fagés, en el auditorio de pasto los pájaros sumaban sus voces a las de las artistas. Ese cruce entre naturaleza y arte, que no fue el único, condensa el espíritu del festival.
Bonus tracks. Junto con los shows musicales, hubo tres actividades paralelas: un taller de artes plásticas para niños, un mercado de la música para vincular a artistas locales con productores extranjeros y un estímulo a los traslados ecológicos, a través de un estacionamiento para bicicletas y de la difusión del transporte público y el car-pooling (redes para compartir el auto).
Menos gasto, más gente. El presupuesto destinado al evento fue más exiguo que en otras ediciones, habida cuenta de la menor cantidad de shows y otras variables. No así la cantidad de público, tan alta como en otras ediciones. Para los organizadores, fueron 200.000 las personas que presenciaron el festival.
Ceremonia sin maestros. A diferencia de la mayoría de los festivales, este no tiene presentador. La gente se va guiando con el programa de mano que anuncia los horarios de cada grupo o solista. Sólo cada tanto interviene, y muy fugazmente, Gustavo Ameri (productor del evento) pero apenas para dar cuenta de un niño perdido o la ubicación del puesto de primeros auxilios. Nada de gritos, datos que condicionen la escucha posterior ni palabrerío para "estirar" entre un número y otro. Los baches del escenario principal se llenan con música deliberadamente bailable.
Tarde. A partir de esta edición, el multitudinario encuentro pasó a llamarse Festival del Bosque en vez del demasiado largo Festival Internacional de Folklore de Buenos Aires, que además de su sigla de trabada pronunciación (FIFBA) daba lugar a confusiones con la ciudad de Buenos Aires. El cambio de nombre, que además libera al festival de un mandato genérico, se decidió pocas semanas antes del comienzo de esta edición, lo cual complicó la edición de las piezas promocionales y hasta la difusión del evento.
Para el debe. Si bien el espectro regional de la programación es amplio (y hasta abarca músicas de otros países latinoamericanos) del mapa argentino sigue habiendo muy pocos representantes de Cuyo, que sí había tenido algo de presencia en la edición 2011.

C.B.

Fotos tomadas por la cobertura oficial del festival. En la primera, Raly Barrionuevo cerrando la actividad del sábado. En la segunda, Herrero y Falú durante la actuación conjunta del domingo.

Publicado el 28-10-2014.

LA DEL ESTRIBO

¿Hay un baile más erótico que el de la bachata?