Reformulando los sonidos autóctonos


Un lenguaje original, elaborado y a la vez accesible, distingue al Quinteto Bataraz en su abordaje del folclore. Desde Buenos Aires y en apenas un año de vida, el grupo plasmó sus atractivos logros en un primer disco que acaba de salir a la calle. Sus integrantes, oriundos de diferentes puntos del país, ponderan aquí los desafíos que enfrentan desde una instrumentación atípica para la música de raíz. 

      El Quinteto Bataraz avanza. Sus músicos se desafían, se proyectan, dan un salto de búsqueda y, en un alto de un ensayo en la Casa del Tango (ubicada en Guardia Vieja al 4000) descansan. Hay dos cervezas heladas, unas empanadas recién salidas del horno, y, en el aire, algunas músicas de tierra y de cemento, que fluyen en este bar del barrio porteño de Almagro, a una cuadra y a pocos minutos de haber "pasado" cada uno de los temas de su primer disco. Quinteto Bataraz: nombre del grupo y del disco que presentarán mañana, a las 21, en Hasta Trilce (Maza 177, CABA). ¿Folclore mirado desde los colores del tango? ¿Cielos de ciudad con imágenes de nostalgia provinciana, de horizontes agrestes y vientos puebleros? ¿Arreglos de alta complejidad y pleno goce entre cinco músicos de vasta formación técnica? Las preguntas que activa el quinteto los proyecta hacia adelante: a las músicas argentinas por venir.
      Aquí están juntos, para descifrar caminos en común, Lisandro Baum, el platense del piano, los arreglos y la dirección; Pablo Farhat, el santiagueño del violín –clásico y folklórico–; Matías Gobbo, el marplatense del bandoneón –piazzolliano, spinettiano y de todas las tradiciones–, y el neuquino Sebastián Henríquez, el de la guitarra criolla de perfectas escalas sensibles. Falta Carolina Cajal, la del contrabajo porteño, en medio de unos trámites por su pronta maternidad, y, al nombrarse entre los cinco, al recordar el brillo que los unió, el Quinteto Bataraz ve su próximo destino: el poder mostrar en vivo las obras de su primer disco como grupo.
      “Esta presentación –abre la voz Henríquez– es muy importante para el quinteto porque refleja el laburo de un montón de tiempo. Hay una carga emotiva y una concentración de energía focalizadas en un concierto. Siempre me pasa que cuando terminan esos momentos me baja un cansancio que refleja todo ese trabajo”. Gobbo coteja: “Para mí es muy significativo, porque hay mucho realizado pero al mismo tiempo hay poco tiempo de grupo. Hace sólo un año y medio que existe el quinteto. Estoy orgulloso de mis compañeros y de lo que logramos musicalmente”.
      El Quinteto Bataraz grabó su disco en un tiempo intenso y breve: en dos días, apenas. “Empatizamos musicalmente muy bien y el presentarlo es algo muy poderoso para nosotros”, celebra Farhat. “Con tan poco tiempo, logramos mimetizarnos y unificamos un criterio. Entendimos la propuesta de Lisandro y cada uno aporta lo suyo desde su experiencia. En el conjunto, compartimos y compactamos. Lo que hacemos se manifiesta de una forma muy fluida. Es lo que muestra el disco”. Esa fluidez se sostiene en el repertorio, en el que las composiciones de Baum (De madera, ¿Qué perdí?, El trepador, Vamos iendo ia y Falleando –entre lo mejor de un disco de por sí elevado–, todas en formas folclóricas del Noroeste que el oyente atento podrá descubrir en vivo) se acompasan con soltura a otra de Sebastián Henríquez (La que no fue), y sobre todo con los clásicos: las chacareras La carbonera (de Cachilo Díaz y los Hermanos Ábalos) y Para mi pago, de Fortunato Juárez. Pero hay más: las atemporales, por su espesor, La enredadera y el ceibo (de Héctor Roberto Roldán), cantada por el también bombisto Raúl Collado, al igual que aquéllas dos; la Chacarera de la tarde (de Sergio Villar) y la obra final con aroma de ríos: Atilio, de Matías Martino.
      De arranque, la formación fue –y será por algún tiempo– atípica para la música de raíz folclórica: remite más cercanamente a un quinteto de tango. Pero el Quinteto Bataraz concibió una estética incomparable que los instala en sintonía con otras coordenadas y exponentes cercanos. Entre ellos, con el Trío MJC, de Córdoba, que desde el piano, el bandoneón y los vientos, sondea el folclore a la vez que el tango con despliegue de cámara y excelencia instrumental. También hay lazos con lecturas menos apegadas a concepciones de género, como la del Ensamble Chancho a Cuerda. Y con el maestro contemporáneo que es para ellos, y para tantos otros jóvenes artistas, el pianista y compositor Diego Schissi, relector de fuste del tanguismo pos-piazzolliano. No casualmente, Schissi forma en quinteto y este año se entreveró con Aca Seca Trío, la maquinaria creativa de Juan Quintero, para un disco en octeto.
      ¿Ven, ahí, antecedentes? “No tanto dentro del folclore, lo cual no es en sí un mérito”, sonríe Lisandro. “Donde sí hay antecedentes es en el tango. En algún punto, el quinteto lo que hace es hablar desde una sonoridad de Buenos Aires, pero yendo a buscar la materia prima a otro lado. Al acervo cultural impresionante que hay en las provincias: cantidad de zambas, chacareras, gatos, lo del Litoral... Es una música increíble. Y buscamos reversionarla desde un lugar, si se quiere, muy frecuentado en el tango”. Pero sin pretender una sonoridad tanguera: en ello está lo distintivo del Quinteto Bataraz. “La idea no es sonar a tango: del género tomamos el desarrollo instrumental, la concepción de los arreglos, las situaciones de solos, y por eso, me parece, cuando suena lo instrumental tampoco parece que falte algo”, amplía Baum.


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