Lejos de las etiquetas


Con 27 años, Melina Moguilevsky es ya una cantante, compositora y performer de original estilo que sorprende por un atípico uso de la voz. En esta charla reflexiona sobre la libertad que busca mantener para prolongar los hallazgos de su primer CD en un segundo en camino.
  
      “Estamos todos muy pegados, muy ensamblados”, dice Melina Moguilevsky mientras calienta el café en su departamento porteño, justo donde confluyen Colegiales, Chacarita y Villa Ortúzar. En pleno cruce. A los 27 años, la cantante, compositora y pianista de pelo negro y largo, que en vivo mueve levemente y a la par de su cuerpo pequeño –abriendo los ojos de brillo oscuro– se piensa también entre caminos. En proyectos compartidos con su grupo (Tomás Fares en piano y voz, Ezequiel Dutil en contrabajo y Mario Gusso en batería y percusión), de cara a su segundo disco tras el inspirador y nada encasillable Árbola (Epsa Music, 2012), que la confirmó como una artista clave entre los exponentes de esta generación ajena a los rótulos.
      En Árbola, Moguilevsky había desplegado sus múltiples coloraturas de voz para sus propias canciones, desde melodías surcadas por el jazz y lo contemporáneo, pero hacia espacios indefinibles. Y también para otras con letras de varios poetas que admira: Leopoldo “Teuco” Castilla, Juan L. Ortiz, Alejandra Pizarnik, Juan Gelman. Ahora prepara un nuevo trabajo con canciones de su autoría que desde mayo fue mostrando como anfitriona de un ciclo de ideas, melodías y puestas visuales en vivo que hoy tendrá su última fecha en No Avestruz (Humboldt 1857, CABA), desde las 21.
      “Por suerte siempre estuvo la sala repleta. Espero que se repita hoy”, sonríe Moguilevsky, los ojos frente a la pared en tonos bordó con el teclado Yamaha que usa para dar clases de canto. Allí recibe a los amigos-colegas, cuenta, y así, en la tenue luz del living reconecta con los que recibió en el ciclo que hoy finaliza: en la primera fecha estuvo el grupo Duratierra, mientras María Chevalier pintaba y proyectaba acuarelas en vivo; en junio compartió noche con Mati Mormandi y su proyecto Quaderno Vivo, a la par de las retroproyecciones en tiempo real de Clara Chardin. “Estar cerca de Mati es un gran aprendizaje. Es un compositor único que no desea pertenecer a ningún género específico más que a la canción. Eso me pasa a mí: no se me puede encasillar”. El círculo de encuentros sin definiciones culminará esta noche, cuando Moguilevsky reciba al Ensamble Chancho a Cuerda y abran sentidos las puestas visuales de Graciela Bernztein y Daniela Azulay. “Me tiene súper contenta este encuentro de grupos que hacen música propia por fuera de todo marco y de lo que exige el mercado. Están decididos a generar una búsqueda genuina, original”, capta Moguilevsky.
      Allí también ve el lazo rumbo a su segundo disco. “Me enriquece mucho compartir lo que hay en mi cabeza con nuestro grupo. Cuando aparecen los músicos cambia lo que una pensó en soledad y vibramos juntos. Me interesa el sonido que estamos logrando entre todos”. En estos días la rodea una tanda de 25 canciones nuevas y va probando cuatro o cinco de ellas con el grupo. “A los temas hay que amasarlos, pero yo no apuro mucho los tiempos del proceso creativo ni el posterior (el ensamble, los arreglos), hay un viaje necesario desde que salió la semilla hasta que se completa una canción”, concibe. Tampoco elige apresurarse para grabar y –calcula– lo va a presentar a principios de 2015.
      Así como Árbola, el disco por venir profundizará una de sus identidades distintivas: el pensamiento instrumental a través de su voz. En el primero lo dejó expreso no sólo por su capacidad de conmover y conmoverse con dos temas sin letra que versionó de sus admirados Hermeto Pascoal (8 de octubre) y Egberto Gismonti (Loro). Esa conexión instrumental también vibra en sus propias canciones, cuando su voz conjuga colores y saltos melódicos de técnica extendida, o juega rozando los sonidos de los vientos, del contrabajo, en tarareos angulosos o a tierra. Ahí, entonces, jazz, vidala, blues, candombe, son apenas referencias.
      “¿Qué es lo que hace Melina Moguilevsky?”, le han preguntado más de una vez. La respuesta, en el nuevo disco, será la canción de nombre Tanto. “La compuse pensando en la necesidad del ser humano de encasillar cada cosa para sentirse a salvo. Cuando la canto en vivo la gente se ríe: se siente identificada”, dice Moguilevsky, recobrando la letra en suave entonación: “Pienso en esta obsesión por nombrarlo todo / ponerle etiquetas a lo que hay para que quede todo clasificado / y creer que nada se nos escapa. Todo ordenadito en estos cajones / dentro de la cabeza / para guardar una idea tras otra con algún nombre. Y el estribillo dice: ¿Qué querés saber tanto? / ¿Pensás que entender te pone a salvo?”.
      Frente a eso, la exploración es para ella irrefrenable. “Yo escucho a Hermeto Pascoal y la música un día me llega en un tiempo de cuatro, otro en cinco, otro en seis... O por ahí me salió un candombe, o algo sin tiempo. Es difícil hablar de géneros puros”. Quizá en contraste –o en diálogo– el segundo disco rozará otras transparencias. “Las letras serán todas mías salvo una de Leopoldo Castilla: sus poemas siguen inspirándome música. Y si en Árbola hay canciones acerca de paisajes y de naturaleza, en otras hablo de mí pero no de una forma tan ensoñada. Me animé a mostrar sensaciones más en bruto sobre lo cotidiano: la alegría, el enojo, el amor, la decepción. Confío más en el error, sin tanta idealización”.
      Moguilevsky divisa los primeros hilos de la noche y revela: “Tengo un tema nuevo llamado Hasta, en el que le hablo directamente a una persona y eso fue muy sanador”. Piensa, a la vez, en la nueva Llama la noche. “Esa canción la escribí al volver de un viaje por el Amazonas. Estuve parando en una comunidad de la selva, en una choza sin paredes ni luz eléctrica. La primera noche no dormí escuchando los sonidos del lugar. Cuando todo se apaga, en verdad todo se enciende: fue una experiencia muy fuerte”. Y si el cuerpo y la voz despertaron en esa letra aún inédita, la conexión seguirá por delante, confía Moguilevsky, y cierra los ojos: “Quiero ser lo más transparente y genuina posible”.

Patricio Féminis

En la imagen, Melina Moguilevsky. Foto de Agustina Caproli.

Publicado el 4-7-2014.

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