Tres décadas en una noche


Respaldado por una poderosa banda, Rubén Rada hizo cantar y bailar a una multitud al reeditar en vivo una selección de la discografía que supo conseguir desde 1984. Así, el idilio del célebre percusionista y cantautor uruguayo con el público argentino tuvo anteayer un nuevo y emotivo capítulo en el Teatro Ópera de Buenos Aires.

      "30 años en Argentina" dice un sellito en el ángulo superior izquierdo de la hoja de programa que entregaban anteayer a la noche en el Teatro Ópera a los que entraban al espectáculo Tocá che negro Rada. Y ante semejante teatro repleto de arriba a abajo, era imposible no compararlo con aquellas 40 personas, en el mejor de los casos, que nos agolpábamos para ver a La Banda en aquel Jazz & Pop de la calle Chacabuco, en el barrio porteño de San Telmo, hace más de tres décadas, durante los oscuros años de hierro, resistiendo al frío húmedo del río y al estado de sitio que prohibía las reuniones de más de tres personas.
      La Banda, con el Negro Rada al frente, nos inyectaba un poco de vida por un par de horas para poder soportar el dolor que se vivía en la calle. Y cuando el Negro cantaba "siempre en los conciertos / pasan cosas raras", sabíamos que era una forma divertida de aludir a ese miedo que se vivía después al salir, para evitar el control policial y la averiguación de antecedentes.
      Ahora, en el Ópera, el clima de fiesta es total. Unas 2.500 personas esperan a un Rada que en pocas semanas va a cumplir 71 años y que pasó más de 60 dándole a los cueros y haciendo vibrar la garganta, desde la comparsa Morenada en los años '50, encarnando al vocalista Richie Silver en los Hot Blowers y con el candombe-beat de El Kinto en los '60, con el candombe-rock de Tótem y la fusión de Opa de los hermanos Fattoruso en los '70 y, ya radicado en Buenos Aires, en los proyectos como líder.
      Rada aparece en el escenario del Ópera con una banda de diez músicos impecablemente profesionales: Andrés Arnico en teclados, coros y dirección musical, Nelson Cedrez en batería, Gerardo Alonso en bajo, Federico Navarro y Matías Rada en guitarras eléctricas, Lucila Rada y Laura González Zenko en coros y una cuerda de tambores básica con Fernando "Lobo" Núñez en piano, José Luis Martínez en chico y Noé Núñez en repique. Arrancaron apretando el acelerador a fondo con Ayer te vi, siguiendo con Quién va a cantar y Candombe para Bob Marley. Toda esa gente en la platea y las bandejas sabía que le esperaba un par de horas de alegría obligatoria. Y "obligatoria" es la palabra, porque el Negro no permite que la gente se adormile en la butaca. Siempre está arengando al público para corear estribillos e incluso los obliga a aplaudir los solos de los músicos con gestos tan graciosos y autoritarios que es imposible no obedecer.
      Desde el principio quedó muy claro que no iba a bajar mucho el nivel de intensidad en un concierto de esa importancia. Él mismo se encargó de subrayar el evento afirmando que era uno de sus conciertos "con más entradas pagas" y asegurando "muchas veces toco en pizzerías".
      También queda claro que su voz no está en las mismas condiciones que en aquellos años de La Banda. No se cuelga en aquellos falsetes penetrantes ni en aquel repertorio de sonidos tribales y selváticos. De hecho, hizo su famoso gorjeo sólo una vez en todo el concierto. En cuanto a la banda que lo acompañó anteanoche, es sumamente efectiva y profesional. Es más: lejos de defraudar, los solos de los guitarristas y del tecladista llegaron a prenderse fuego cuando fue necesario. Pero, en relación, están lejos de aquel seleccionado integrado por Jorge Navarro, Luis Cerávolo, Ricardo Sanz, Ricardo Lew, Benny Izaguirre y Bernardo Baraj de principios de los '80, que estaban entre los mejores músicos del jazz local. La búsqueda era otra en aquella época; eran años de fusión y se cultivaba la excelencia instrumental, y el foco del concierto iba cambiando con las intervenciones de cada solista. Y si bien los ritmos estaban, como ahora, entre el funk, el candombe, el rock y lo latino, los shows de Rada tenían ese clima de conciertos de jazz, en los que uno se prepara para que cada solo sea un viaje.
      Ahora, el foco es casi constantemente Rubén, que comanda todo con energía y con el humor de comediante que desarrolló en la televisión y el teatro. Cuando lo considera necesario, hace practicar al público los estribillos que se van a repetir, antes de comenzar el tema para que todos sean partícipes de la fiesta.
      Así, se sucedieron éxitos de todos los tiempos, como los arrasadores Rock de la calle, Malísimo, Dedos y Blumana, intercalados con páginas algo más sutiles pero igualmente pegadizas y coreadas por el público, como El levante, Flowers in the Night y Adiós a la rama, y una intervención destacada de la cuerda de percusión sola. La figura de Rada al frente, acariciando las congas, proyectando su voz y marcando entradas y matices con solvencia, se mantuvo intacta como hace tres décadas.
      Para los bises, el teatro a pleno estaba de pie, bailando y cantando; los guitarristas espadearon literalmente entre ellos y Rada, de pie y zarandeándose, argumentaba que ya el físico no le daba para seguir.
      Cuando bajó el telón, salimos todos contentos, sabiendo que no íbamos a pasar la noche en la comisaría.

Willie Campins

En la imagen, Rubén Rada. Foto de yamp.com.uy. 

Publicado el 2-6-2014.

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