Superficies de placer


La lengua, obra de danza creada, interpretada y dirigida por Leticia Mazur, implica para el espectador un viaje lleno de satisfacciones gracias a la expresividad de su única protagonista y a la forma en que se relaciona con el espacio escénico.

      Leticia Mazur es actriz, coreógrafa y bailarina. Multifacética y prolífica. Referen- ciamos sus trabajos en las disciplinas que aborda en obras tan disímiles como exitosas. Entre ellas mencionemos Que me has hecho vida mía (coreógrafa), Automáticos (actriz), Random (bailarina), He nacido para verte sonreír (entrenadora corporal), Guarania mía (autora, actriz, bailarina) y La vida terrenal (entrenadora corporal), por nombrar las que esta cronista logra rememorar con mayor gusto. Su último espectáculo se puede (y debe, disculpe usted el imperativo) ver los viernes a las 22 en Espacio Callejón (Humahuaca 3759, CABA). Ahora veamos por qué, haciendo la siguiente salvedad, nos alejaremos de toda teoría, pues el impacto del espectáculo le ganó a la razón que habitualmente ordena las crónicas de quien suscribe. Entonces, dejemos lugar a la emoción y que se despliegue. 
      La lengua es un espectáculo profundamente placentero. Una propuesta que abraza al espectador, un mimo al alma y claro ejemplo de contemplación desinteresada, un disfrute puro y sin intermediarios entre el espectador y la obra. Y me refiero a que lo que a continuación enumeraremos, y que funda lo que consideramos una caricia, se estructura en una realización perfecta, que es imposible no detallar.
      Ahora bien, ¿de dónde surge el placer que nos provoca La lengua? Del talento expresivo de Leticia Mazur, del "gestus" (la actitud física que expresa el estado del personaje), del rostro como proyección del alma y a la vez síntesis de un cuerpo social, del preciso trabajo con los puntos de contacto entre el cuerpo y el espacio, de la temporalidad escenificada en un cuerpo que atraviesa el espacio y por momentos se funde en él, de la desorientación que es reorientación hacia una dimensión que nos lleva más allá de la razón occidental, de la música de brillante composición que cambia, se detiene, desaparece y se reitera. Y otra vez Leticia que se abandona o es abandonada en un sinfín de movimientos estructurados por ciclos de repetición y pausas. Entonces, la intérprete se convierte en sujeto que persigue, que busca; descubierta en la penumbra, por un haz de luz, albor que ingresa en el espacio para formarlo y convertirlo en otro.
      La belleza del espacio es completa, alcanza todas las dimensiones imaginables, convirtiéndose en un fondo que desaparecerá para ser contenido mientras un cuerpo camina, se desplaza, en lo que pareciera ser la apoteosis de la posmodernidad, aquel momento en que la danza (si es que nos permiten reducir a La lengua describiéndola como esa sola disciplina, porque secretamente creemos que es mucho, muchísimo más) dejó de bucear dentro de sí misma, abandonó el camino del autoconocimiento para comenzar a expresarse plenamente. Luego de años de búsqueda, de neoclasi- cismo, romanticismo, "modern dance", vanguardias y la eterna dicotomía entre forma y contenido aparece la expresión en su máximo enunciado. Eso es. Finalmente llegamos a la verdad de esta crónica, lo que verdaderamente queríamos transmitir a quien lee; y es que La lengua es pura expresión, pues a través de diversos lenguajes que podían pensarse como subsidiarios del movimiento o simples estructuras de apoyo, genera una comunión que impide divisiones o percepción de individualidades. No es posible dejar de reparar en el talento que compone la ficha artística que encabeza Mazur, autora, intérprete y directora general del espectáculo; y que se completa con Alicia Leloutre y Matías Sendón (diseño espacial y de iluminación), María González (vestuario), Alejandro Terán y Manuel Schaller (música), y Elisa Carricajo (supervisión dramatúrgica), esta última también a cargo de la co-dirección junto a Bárbara Hang.
      Claro que el equipo suma más nombres aún, por lo que hacemos extensiva la felicitación desde aquí a todos, pero el carácter unificador del proyecto, la visión autónoma corresponde a su ideóloga. Y es a ella a quien responsabilizamos por lograr la conjunción de formas y modos, de técnicas y composiciones que a través de un único cuerpo nos permiten transitar, los viernes a la noche, sentados sobre una simple butaca, la transformación del cuerpo, que cansado del trajín semanal ante La lengua se abandona frente al hecho artístico pleno. Entonces, como cuando un compañero confía ciegamente en su guía, nos abandonamos a la percepción, y dejamos que nuestro cuerpo, aunque simple observador, pierda su peso específico, se escurra, y se disponga con la misma empatía con la que Leticia agradece el (cálido y reiterado) aplauso final.
      Nota final: no pudimos escapar a las referencias teóricas, pero ello no le quita emoción a una crónica que sin la bella conmoción que el espectáculo provocó, no hubiera podido ser escrita.

Larisa Rivarola

En la imagen, una escena de la obra. Foto de Sebastián Arpesella.

Publicado el 14-9-2013.

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