Del jardín de la república

Dos artistas tucumanos, el cantor Nerio González y la compositora Bettina Bobrowicky acaban de lanzar sus primeros discos. Allí revelan sus extraordinarias capacidades, todavía ignoradas por el gran público. 

       Tucumán siempre fue pródiga en talentos musicales. Desde Rolando “Chivo” Valladares y su hermana Leda hasta referentes más actuales como Juan Falú, pasando por Los Tucu Tucu y "la" voz de nuestro folclore: Mercedes Sosa. No es vano una particular efervescencia cultural distinguió a la más pequeña de las provincias argentinas durante el siglo XX. Hoy la cantera sigue activa. En esta doble reseña discográfica nos proponemos describir los primeros trabajos de dos tucumanos de mérito, editados ambos en los últimos meses.
      Nacido en San Miguel de Tucumán en 1981, Nerio González es uno de esos cantores que seducen no sólo por su voz y su estilo interpretativo sino también por el sentido estético que revela en la selección del repertorio, su instrumen- tación y los arreglos, confiados al guitarrista Patricio Gómez Saavedra. Antes de grabar su CD debut, Nerio ya había pasado por la carrera de Técnicas de Sonorización y por un taller de luthería de la Universidad Nacional de Tucumán, y por la carrera de Especialización Vocal en la Escuela de Música Popular de Avellaneda, además de haber actuado en diversos festivales y peñas del interior. Tal vez por eso su registro suena tan maduro, como asentado, en Elemental, placa editada a fines de 2012 de manera independiente.
      Para presentarse en formato portátil, González eligió piezas de corte tradicional de autores contemporáneos, principalmente de jóvenes tucumanos, como los cantautores Javier Fiori y Claudio Sosa o el poeta Pablo Dumit. Su repertorio alcanza también a autores clásicos, como los hermanos Núñez, o de otras provincias, como el riojano Ramiro González. Pero más allá de las firmas, Elemental es un disco muy tucumano por las temáticas de las letras. Los paisajes provinciales aparecen por doquier, sea como referencias poéticas o como karma de un pueblo que parece condenado a inhumanas condiciones de trabajo en los cañaverales. No por eso deja de sonar celebratorio en el optimismo de Andando a gatas (Pepe Núñez), la picardía de Enterita es cueca (Gerardo Núñez) o el despecho del bailecito De Oruro a Cochabamba (motivo popular).
      Todo suena bien criollito, sobre una base instrumental módica, pero eficaz, sostenida casi siempre por Sergio Contreras en bombo legüero, Diego Escobar en piano y Gómez Saavedra en guitarra. A ellos se suman cada tanto un contrabajo, un chelo, un clarinete o algún fuelle. Nerio tampoco está solo en cuanto a voces: en algunas pistas recibe los aportes de sus comprovincianos “Topo” Encinar, Javier Fiori y Claudio Sosa, quienes aportan atractivos matices en piezas que les pertenecen.
     El caso de Bettina Bobrowicky, nacida hace 49 años en la ciudad tucumana de Monteros, tiene mucho en común pero también varios aspectos diferenciales. De padre judío y madre árabe, Bettina también cultiva la música folclórica, pero más desde la composición y la interpretación guitarrística que desde lo vocal. Como Nerio, tiene un talento poco conocido, pero no tanto por los vericuetos de la difusión masiva sino por sus elecciones de vida: una vez radicada en el conurbano bonaerense, Bettina se recibió de psicóloga, profesión a la que se dedicó de lleno durante 15 años. La música fue una pasión que canalizó paralelamente y sin afanes profesionales, desde niña, a través de clases de guitarra con Wálter Malosetti y Liliana Ardissone, primero, y cursando la Carrera de Tango y Folklore en el Conservatorio Manuel de Falla, después.
      Luego de mamar allí lo esencial de esos estilos con grandes maestros, su producción musical se concentró en la creación y los arreglos. Ante una escasa experiencia sobre los escenarios, sentía lejana la posibilidad de grabar un disco propio. Hasta que empezó a pensarlo como un libro, "algo que uno escribe y luego presenta para que circule", según sus propias palabras. "Ahí se me abrió un panorama distinto y pensé que podría grabar mis composiciones con quienes pudieran interpretarlas de la manera más bella posible", cuenta.
      Así, animándose, Bobrowicky llegó a su primer disco, recién editado por Epsa Music. Decidió bautizarlo Mayu, una voz quichua que significa "río", en doble alusión a la corriente natural de agua y a la conjugación del verbo reír. Compuesto por doce piezas de su autoría, el álbum la revela como una inspirada compositora, criteriosa arregladora y virtuosa guitarrista, en las tres facetas lo suficientemente dúctil como para conmover con un concepto de folclore amplio, que incluye el universo tanguero. Lo popular convive allí con lo académico en sutiles alquimias que asumen la forma de zambas, valses y milongas, entre otros ritmos.
      Si bien más despareja, la Bettina letrista también asoma corajuda en Mayu, a través de los versos que supo escribir para buena parte de las músicas seleccionadas. Para interpretarlos, consiguió la concurrencia de Liliana Herrero, Juan Falú (quien además pone su guitarra) y Nora Sarmoria, entre otros. En el plano instrumental también logró reunir músicos de fuste, como el saxofonista Marcelo Chiodi y la pianista Lilián Saba, encargada además de la producción y dirección musical del disco.

Carlos Bevilacqua
Publicado el 2-3-2013.

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