Un gran picnic musical


Tras su cuarta edición, el Festival Internacional de Folklore de Buenos Aires (FIFBA) se consolida como uno de los encuentros más interesantes del país, con artistas nacionales y extranjeros que cubren un amplio espectro estilístico. Aquí, una crónica de lo más convocante durante las últimas dos jornadas, celebradas ayer y anteayer en el Bosque platense.

      El chaparrón que a media tarde del sábado cayó sobre La Plata no hizo más que postergar el cumplimiento de la grilla de progrmación del FIFBA. Cerca del atardecer, la cantautora Sofía Viola cautivó con su frescura a un público todavía reducido en torno al Escenario Alternativo. Solita, acompañándose apenas con guitarra o charango, fue original tanto en las temáticas como en las formas de las canciones. Inmediatamente después y a pocos metros, Los Jóvenes Musiqueros hicieron bailar a una cantidad ya mayor de gente en el Zambódromo. El cuarteto, de corte bien tradicional, no sólo cumplió con las expectativas de chacareras y gatos bien picaditos. También supo lucirse en virtuosismos por momentos insólitos, como el uso de un vaso, un mate y hasta un celular para lograr el efecto de slide sobre las cuerdas de una guitarra durante la interpretación de Pájaro campana.
      Aunque incipiente, la noche se empezó a encender temprano con la fusión entre ritmos caribeños y electrónicos que propuso la Orkesta Popular San Bomba en el Escenario Alternativo. Producido por 22 músicos muy bien ensamblados, el cóctel resultante hizo bailar a casi todos los presentes, que ya se contaban por centenares.
      “Yo soy como el tigre viejo / me gusta la carne tierna / empezando por el pecho / terminando entre las piernas”, cantó más tarde Mariana Baraj en una de las bagualas eléctrificadas del set que protagonizó en el Espacio Fogón. Allí, con buena parte del público sentado en el pasto, la cantante jugó con la voz hasta el límite de lo posible al dar su personal versión del canto con caja, claro que sin caja, porque, al margen de una sutil percusión que ella misma generaba –a veces desde sus botas–, el acompañamiento se redujo a una guitarra y un bajo eléctricos. Sin contar la inesperada participación de “dos perros en voces”, tal como ella aludió, con humor, a la pelea entre dos canes callejeros que cortó el clima intimista del recital. Cada tanto se dejaban oír los ecos del recital que simultáneamente estaba dando Liliana Herrero en el anfiteatro del parque, a unos 200 metros.
      El cronograma del festival arrastró luego a la multitud hacia el Escenario Alternativo, esta vez para degustar la cumbia tradicional colombiana de La Delio Valdez, una banda argentina notablemente eficaz en el rescate de un ritmo típico de latitudes lejanas. Con una voz femenina en primer plano, los vientos, cuerdas y percusiones reeditaron el baile popular que ya sería una constante durante el resto de la jornada.
      A continuación, los públicos que habían poblado diferentes escenarios conflujeron junto a muchos recién llegados frente al escenario mayor del FIFBA, porque poco después de las 21 ya sonaba allí la fabulosa percusión improvisada de La Bomba de Tiempo. El espíritu colectivo se vio entonces templado por una serie de ritmos poderosos, cambiantes y sorprendentes, surgidos a partir de las señas que fueron usando Alejandro Bolívar, Santiago Vázquez y Andy Inchausti, alternativamente al frente de la agrupación anteayer compuesta por quince percusionistas. Hasta el público terminó participando del reparto de roles en un set que incluyó la participación de Antonio Tarragó Ros, Tilo Escobar (ambos en acordeón) y Liliana Herrero (en voz).
      Ese mismo escenario fue copado un rato después por Rubén Rada, quien no necesitó avanzar mucho con Ayer te vi para que la multitud lo siguiera con palmas coordinadas en la clave de candombe. Acompañado entre otros por sus hijos Matías en guitarra eléctrica y Lucila en coros, fue el showman que todos esperaban: cantó, arengó, bromeó y bailó junto al borde del escenario. Su poder de seducción fue tal que consiguió que buena parte de las 40.000 personas cantaran el estribillo de No me queda más tiempo, una balada de su autoría que él mismo sugirió cercana a la estética de Ricky Martin.
      Las tradiciones más puras de la música folklórica volvieron al Escenario Panorama con el arribo de Totó La Momposina, venerable artista colombiana que se distingue por el cultivo de la música típica de su país con sobrado conocimiento de causa. Al frente de un grupo presentado como “sus tambores” (en rigor había también bronces y guitarras), Totó cantó cumbias, porros y rumbas en los que latieron nítidos los componentes aborígenes y africanos de su música. 

De la chaya al chamamé

      El domingo el cielo se había despejado y los colores del bosque brillaron en todo su esplendor. Con esa buena nueva, la actividad arrancó a media tarde con el grupo infantil Caracachumba y con el trío vocal Aymama.
      Cerca del atardecer el Escenario Alternativo recibió las chacareras electrificadas de El vislumbre del Esteko, un quinteto santiagueño de mucho arrastre popular que sonó confuso, como inmerso en una vorágine sonora que impedía apreciar los matices. Un rato después el vecino Escenario Fogón dio el marco para un tramo encantador con algunos de los principales cantautores de chaya. En lo que se denominó “Carnaval riojano”, hicieron conocer su obra Luis Chazarreta, Ramiro, “Pimpe” y Jorge González, y Emiliano Zerbini, quien interpretó una hermosa canción contra el proyecto de megaminería a cielo abierto de Famatina. Inducido por los artistas, sobre el final hubo una pequeña guerra de harina y albahaca entre el público, remedando la costumbre típica de la fiesta de la chaya, cada febrero, en La Rioja.
      El devenir del nutrido cronograma nos llevó de vuelta el Escenario Alternativo para seguir la fusión de Tremor, un trío de sonido muy original, producto del ensamble entre programaciones electrónicas e intrumentos varios. Lo de Leonardo Martinelli, Camilo Carabajal (hijo de Cuti) y Gerardo Farés es en general algo furioso, de mucha densidad sonora, aunque en algún pasaje aflojen un poco la tensión con un tema a tres quenas.
      Ya sobre el escenario principal hizo conocer su cumbia modelo siglo XXI el acordeonista, cantante y compositor mexicano Celso Piña. Su set fue relativamente breve, pero alcanzó para conocer el ritmo desenfrenado que produce su banda, que esta vez incluyó guitarra, bajo, batería, acordeón, congas, güiro, voces y coros. El público acompañó con gritos y baile los momentos más picantes del set, uno más de los varios que tuvo esta edición del festival en torno a la cumbia, esta vez en combinación con elementos de otros ritmos caribeños.
      Un rato después llegaría el segmento más sutil de la noche gracias a la exquisita música litoraleña que trajo, una vez más, el Chango Spasiuk. Tras sortear un par de problemas técnicos con el sonido, el acordeonista misionero deleitó con chamamés y polcas en una sintonía especial, propia, que tiene la virtud de potenciar la belleza de cada composición, sea propia o ajena. Hubo en su concierto diferentes energías, desde algunas bien bailables a otras introspectivas. Acompañado por guitarras, percusión, violín y chelo, el Chango también se dio tiempo para replicar el reclamo de los estudiantes de la Escuela de Danzas Tradicionales de La Plata, quienes se hicieron oír durante todo el festival con volantes y pancartas alusivas al cierre de la escuela por problemas edilicios. También bajó línea sobre lo que para él representan encuentros como el FIFBA: “Esto no es sólo entretenimiento, lo que hacemos juntándonos a compartir nuestra música también es una manera de pensar una idea de país. Escucharnos sirve porque cuanto más yo sepa del otro más rico es mi mundo. La diversidad, que en otros lugares es un problema, acá es un tesoro”.
      El cierre del festival puso sobre el escenario principal a Horacio Guarany como eje de un homenaje a su figura. Con 86 años de agitada vida a cuestas, la voz y la dicción del mítico cantor dista de la que supo darle fama. Aun así, fue un jocoso animador de casi dos horas de show. Sus canciones sonaron en diferentes formatos: en su garganta con guitarras y bombo como todo acompañamiento; con las numerosas cuerdas de la Camerata Académica del Teatro Argentino de La Plata, más tarde; y en cruces vocales con Marian Farías Gómez, Enrique Llopis, Luciano Pereyra y el Chaqueño Palavecino, sobre el final. La despedida reunió a todos los cantantes para una versión conjunta de Si se calla el cantor. Un temor que anoche se redujo a la poesía de la canción, porque Guarany se explayó libre sobre variadas temáticas entre una música y otra.

Carlos Bevilacqua

En las fotos: arriba, Horacio Guarany. En el texto, primero Totó La Momposina y luego el Chango Spasiuk. Todas gentileza del FIFBA.

Publicado el 16-4-2012.

LA DEL ESTRIBO

¿Se puede hablar de música folclórica patagónica?