Rarezas del tango en el cine


La sección audiovisual del Festival Cambalache dejó el martes pasado un sabor agridulce: si bien el público accedió a creaciones de corte original y no comercial, sólo se pudieron ver 17 de los 25 cortos anunciados y en condiciones poco favorables para su apreciación. Esta noche podrán verse dos de las obras no proyectadas.

      Nacido de la iniciativa de una serie de bailarines y coreógrafos inquietos, insatisfechos con la rigidez del tango más tradicionalista, el Festival Cambalache se distingue por nuclear expresiones que fusionan los lenguajes del tango, la danza y el teatro. En su séptima edición –en curso por estos días–, el encuentro programó para el martes último la proyección de 23 cortometrajes en lo que dio en llamar Sección Audiovisual. Sin embargo, hubo 5 de esos cortos que quedaron pendientes de proyección (ver recuadro). Los films fueron agrupados en cuatro categorías: ficción, videodanza, animación y selección Cambalache.

Mentime que me gusta

      En la primera se reflejó, a escala, la dispar calidad que caracterizó a toda la función. Del saldo que dejó la pantalla, se destacaron Guapos (del argentino Federico Rosa, en torno a la historia de un parrillero humillado por su empleador) y Amablemente, también relacionada con el cuchillo malevo, pero esta vez en un sentido más literal, al materializar la historia que cuenta la milonga de Edmundo Rivero.
      Producida con fondos del INCAA, Un cacho de tango fue una digna fantasía de Geobanny Pozzo sobre un bandoneón que súbitamente deja de sonar sin que los especialistas puedan determinar por qué.
      Aunque algo críptica, la producción argentino-española Un final de tango está compuesta por imágenes cargadas de poesía, mucho suspenso y personajes creíbles. Sobre un fondo negro que sugiere una noche más larga que lo habitual, una pareja decide mucho de golpe con un barman como único testigo. El blanco y negro elegido por el director, Raúl Montiel, suma encanto a la atmósfera tensa, lúgubre, pero intrigante, que supo generar.
      La apertura, en cambio, no ostenta mucho más que la curiosidad de la actuación de Miguel Ángel Zotto (uno de los bailarines de tango más virtuosos de todos los tiempos) y la sensualidad de algunas imágenes. El film de Duska Zagorac versa sobre la amistad, la traición y la pasión por el baile pero a partir de una historia previsible, diálogos improbables y una sucesión de lugares comunes.
      Con algunas ideas valiosas, pero decididamente kitsch en cuanto a las actuaciones resultó ¿Dónde está el maestro?, una película de Luis Urquiza sobre el robo de la estatua de Osvaldo Pugliese en la esquina porteña de Corrientes y Scalabrini Ortiz. Con el correr de los minutos, la obra parece definirse hacia el género del falso documental, pero al comienzo es difícil saber si el carácter grotesco de algunas escenas es adrede o involuntario.
      El caso de El romance de la Margarita y el ruiseñor (del argentino Ariel Vicente) es difícil de describir. No por su complejidad, ni por la ambigüedad de alguna escena, sino más bien por su vaguedad. La trama apela a lo sentimental: una señora mayor recibe un mandato de un novio de juventud desde una antigua foto. Desde entonces, buscará cumplirlo junto a una hermana escéptica y una automovilista joven que se ofrece a llevarlas al pueblo vecino. El tango aparece siempre bastardeado, adherido a personajes estereotípicos. Como virtudes, podrían rescatarse algunos diálogos, la actuación de Coni Marino (la joven automovilista) y la fotografía de las zonas rurales que hay que entre Arrecifes y San Pedro.

Ese nuevo lenguaje

      Disciplina todavía en pañales, la videodanza significó la noche de referencia algunos ratos de cierta belleza. Particularmente a través de Gonzalo Orihuela y Solange Chapperon, protagonistas y a la vez responsables de iTango, basada en los movimientos abrazados de ambos desde tomas cenitales. En un espacio recortado por la luz y como aislado del universo, los bailarines no sólo despliegan hermosas coreografías, sino que van dejando como una estela de goteo verde por cada lugar que pisan.
      Dirigidas por Ivy Oldford, las imágenes de Handbag dejan preguntas abiertas pero también una especie de recreo fantástico-onírico en medio de un ajetreado lugar público, gracias al baile entre un señor mayor y una aniñada joven. La producción, de origen japonés, goza de una cuidada imagen y cierta coherencia en la estética.
      La música y la pintura se imbrican en Piazzolla-Invierno 2006, secuencia de la realización de un mural por parte de una artista plástica, registrada toda desde una única toma fija y llevada a cámara rápida. Los compases veloces, nerviosos, de la banda sonora parecen impulsar los trazos urgentes de la pintora.
      José Garófalo, uno de los organizadores y creadores del festival, es el director de Mandala de tango, una obra que ya desde el título propone un juego de palabras. Una vez en pantalla, las imágenes también parecen jugar con sus significados. Lejos de seguir sus propios deseos, los protagonistas de las acciones se mueven como autómatas, más por alguna inercia que por convicción. Están en una playa, pero no lucen relajados ni mucho menos. Unas caretas que sobrevuelan sus rostros acaso sugieren alguna noción relacionada con la hipocresía o las múltiples personalidades que podemos llegar a componer en nuestra vida diaria.
      Jamás, la creación del bailarín Ignacio González Cano, es un ejercicio de experimentación que lleva a la realidad la hipótesis de un tango acuático. ¿Qué pasaría si dos bailarines enfundados en sus trajes prototípicos se pusiesen a bailar en el mar con el agua a la altura de las caderas? El resultado, algo cómico, algo patético, ya había sido expuesto como parte del espectáculo Wake up!, presentado por el realizador en el Centro Cultural Borges.
      El primer corto en ser proyectado había sido La maldición de Monique, una historia de amor y celos difícil de tomar en serio (tanto por su realización como por su argumento) que tuvo la particularidad de estar protagonizada casi exclusivamente por pies. Su directora, Mondula Méndez, eligió tangos cantados por Tita Merello para musicalizar las imágenes.

Con una ayudita de la compu

      Algunos de los mejores momentos de la noche llegaron a través de la animación. Primero, con Tango plastilina, una breve pero ocurrente realización del venezolano Rafael Toro Plaza a partir de la idea de dos montoncitos de plastilina olvidados por un chico en el Café Tortoni. Más tarde, con Connection, ingeniosa humanización de dos robots que son capaces de conmoverse con el tango. Los personajes se miran, se tocan y pronto empiezan a bailar en un camino plagado de graciosos incidentes pergeñados por el realizador de la obra, el israelí Roy Lazarovich. Pero la pieza acaso más original de las expuestas en el género animado fue Harmónica. Dirigida por el finlandés Leevi Lehtinen, muestra a un hombre maduro que comparte su soledad con una armónica y con una serie de botellas inquietas.
      Sin embargo, la mayor cantidad de aplausos se la llevó El Beso, una idea sencilla, pero original y muy bien ejecutada por el realizador peruano Ulises Piedra. La interacción entre los fuegos de dos fósforos, en plano detalle, dejó imágenes antropomórficas pletóricas de poesía. Todo en poco más de un minuto, como recordando que lo bueno, si breve, dos veces bueno.

En el tintero

      Por las razones que abajo se exponen quedaron sin proyectarse las películas Zum (de Sebastián Arce y Mariana Montes, Argentina), Femmes de la majeur (de Juan Sebastián Torales, Francia), 1 + 1 (de Nicolás Chirokoff, Francia), Moon tango (de Amanda Tasse, Inglaterra), Tanguito (de Rosario Cartón, Argentina), La road movie del Cardenal Domínguez (de Germán Marcos, Argentina) y Entre/prise 002 (de Bénédicte Bos, Francia). Estas últimas dos, pertenecientes a la selección Cambalache, serán proyectadas esta noche, antes de la primera función de obras coreográficas del festival, a las 20:30 en el Complejo Cultural 25 de Mayo (Av. Triunvirato 4444).

Carlos Bevilacqua


Recuadro
Una noche algo accidentada

      Los creadores del Festival Cambalache, algunos de ellos actuales organizadores (como los coreógrafos José Garófalo y Alberto Goldberg), son artistas emprendedores de merecido prestigio. Desde el año 2004, una vez al año, llevan a adelante un encuentro digno de atención por su originalidad, audacia y espíritu exploratorio. Eso los hace apreciados y hasta queridos por buena parte del ambiente del tango danza.
Pero como nobleza obliga, también cabe señalar que ayer se equivocaron. La exhibición de cortometrajes seleccionados en la sección audiovisual de la séptima edición del Cambalache empezó casi media hora después de lo previsto. Hasta ahí nada que sorprenda en la repetida impuntualidad que caracteriza a la mayoría de los eventos artísticos de Buenos Aires. El aire acondicionado se había descompuesto unos minutos antes, por lo que en la sala destinada a las proyecciones hacía más calor que en el exterior, donde la temperatura superaba los 30º. Esta segunda incomodidad es una contingencia imprevisible.
      A poco de iniciadas las proyecciones, los espectadores descubrieron que para poder ver las acciones de los cortos debían ir corriendo permanentemente sus cabezas porque, ante la baja altura de la pantalla y la nula pendiente del auditorio, no se veía buena parte de lo proyectado desde la mayoría de las (escasas) ubicaciones. Aquí se puede empezar a criticar la decisión de los organizadores del festival de elegir ese ámbito para las proyecciones, aunque también cabe preguntarse sobre el criterio de la Secretaría de Cultura de la Nación para diseñar un nuevo microcine con tan mala visibilidad.
      Los cortos se fueron sucediendo con agilidad hasta un intervalo que –como se verá después– tal vez duró más de lo pertinente. Porque luego de una segunda tanda de cortos, el responsable de la sección audiovisual, Leonel Mitre, dijo en tono por demás relajado: “Bueno, esto fue todo” y, tras un silencio, agregó: “Quedaron algunos cortos por pasar, pero por normas de la Casa, no podemos seguir después de las 21”. Había cinco cortos pendientes de exhibición, algunos de cuyos realizadores estaban presentes en la sala. Ni a ellos ni al público en general se le pidieron disculpas.
      Concientes de los errores, los organizadores del festival se mostraron en privado contrariados por el incumplimiento de lo anunciado. Pero ante la parquedad de Mitre, tampoco ellos pidieron disculpas públicamente, como era de esperar ante la responsabilidad última que les cabe.
C.B.

Publicado el 13-12-2010.

Fotos: Arriba, una imagen de El Beso; más abajo, una escena de Guapos; y por último, el personaje animado de Harmónica en su solitario entorno.

LA DEL ESTRIBO

"El punto de mayor modernidad que alcanzó el folclore es de 1968, cuando Los Andariegos grabaron su versión de La oncena". (Santiago Giordano)